Javier

Javier Santos es para las Tulipanes “el niñato”, el engreído y ofuscado hijo de doña Fina, al que conocen el día en que esta fallece. En realidad, Javier está muy lejos de ese apelativo poco afortunado.

Natural de Grazalema, un pequeño pueblo de la sierra de Cádiz, su madre murió al dar a luz, pero su padre, Francisco Santos, médico de profesión, se enamora de la joven maestra de su hijo y así Fina se convierte en la única madre que él conoce.

Pero el destino parece no tener buenas cartas guardadas para él. Con doce años pierde a su padre en un accidente de coche a manos de unos desaprensivos y vuelve a quedar huérfano. Su desdicha no acaba ahí, pues su abuela paterna, en contra de lo que él realmente desea, que era quedarse con su madre, se erige en su tutora legal y lo obliga a marcharse con ella a Cádiz, alejándolo de la mujer que lo había criado y querido.

Para estar cerca de él, doña Fina abandona Grazalema y se emplea como profesora en el Santa Brígida Irish School, un internado de la capital, y aunque sus abuelos se lo prohiben, el muchacho, que ya cuenta con trece años, aprovechaba sus fines de semana para ver a su madre a escondidas. Solo cuando cumple la mayoría de edad pudo volver a vivir con ella. Es cuando doña Fina adopta a Javier y pasa a ser legalmente su hijo.

En su época de instituto, Javier conoce a Mario Guerra. Ambos fueron amigos aunque los estudios universitarios de ambos los separaron. A diferencia de Mario, Javier permanece en Cádiz para estudiar en la Facultad de Medicina y así seguir los pasos de su progenitor. Hizo las prácticas en al Hospital Puerta del Mar y se especializó en Atención Primaria.

 

Cuando doña Fina fallece, Javier queda desolado. Se encuentra con que ha heredado el ducado de Holguín, pero ha perdido la casa–palacio, joya de la familia, que la difunta les termina legando a las cuatro mujeres con las que doña Fina tenía una vinculación afectiva especial; las que él siempre había escuchado nombrar como Las Tulipanes. Y perder ese imponente edificio significa que él no pueda cumplir con una promesa que hizo muchos años atrás.

 

Javier es un hombre serio, mordaz incluso, cuyo temple pondrá en jaque más de una vez a Las Tulipanes, en especial a Patricia. Ella, debido a su papel de abogada del grupo, le planta cara pues cree que él solo quiere recuperar el dinero y la propiedad que les ha legado la difunta doña Fina.

Bajo ese aire de seriedad que aparenta yace un hombre que se preocupa profundamente por el prójimo y cuyo sueño es dotar al pueblecito que lo vio nacer de una clínica médica en donde los más necesitados y los temporeros que acuden a trabajar al campo pueden recibir ayuda sin tener que trasladarse a hospitales ni a ambulatorios cercanos.

En el amor, Javier no ha sido un hombre afortunado. Ha tenido varias relaciones sentimentales largas y estuvo a punto de casarse una vez, pero la pareja se rompió antes de llegar al altar. Así, Javier no cree en el amor. Ha blindado su corazón, al que no deja pasar a ninguna mujer y se asegura de que en sus relaciones jamás está presente ningún vínculo afectivo.

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