Gabriela

 

Gabriela Torres es considerada «la rarita» de Las Tulipanes. Y no porque tenga una vena mística muy especial, ni porque desde que vivió en la India se haya vuelto vegetariana, ni tampoco porque sea sensitiva y lea las cartas del Tarot… sino ¡porque ve fantasmas! Y no solo los ve, además habla con ellos, aunque solo ella puede escucharlos. 

Sin embargo, nada de eso impide que sus compañeras del internado gaditano Santa Brígida Irish School —Ana, Bea y Patricia—, la acepten tal cual es y establezcan con ella una amistad inquebrantable que diecisiete años más tarde aún perdura, a pesar del tiempo y la distancia.     

Gabriela es la única de las cuatro que no cursó estudios universitarios, ya que, en cuanto acabó la escuela, se enroló en una ONG de ayuda a la infancia desfavorecida y se marchó a Calcuta. A su regreso a España, nueve años más tarde, recala en Barcelona

pero, en plena crisis económica, la única manera que encuentra para subsistir fue abrir un canalde Tarot online, que completa con trabajos a tiempo parcial como community manager para algunos de sus clientes. Por suerte, con el tiempo, sus reducidos ingresos la permitieron completar un curso de publicidad y marketing con el que mejorar su situación.

Pero el mayor deseo de su profesora de Lengua y Literatura de la infancia es volver a reunir a sus Tulipanes en la ciudad que las vio crecer, por lo que, a su muerte, las lega un fabuloso edificio frente a la playa de La Caleta, de Cádiz, que deberán gestionar juntas. Eso hace que las cuatro amigas tengan que reestructurar sus respectivas vidas para convertir en un hotel con encanto el palacete que les ha donado.

 

Gabriela acepta los nuevos planes encantada. Abandonar su bohemia vida en la Ciudad Condal no le supone ningún problema, sobre todo si ello le acerca a sus amigas y a su abuela; la mujer que la crio y a la que echa mucho de menos, ya que se 

quedó huérfana de padre y madre cuando apenas contaba dos años.

Pero con un ritmo de vida tan ajetreado y extraño, Gabriela no ha tenido mucho tiempo para dedicarse al amor, aparte de que los hombres huyen de ella como de la peste cuando les habla de sus «habilidades». Sin embargo, eso no le impide seguir siendo la eterna romántica de siempre y creer que el hombre que el destino le tiene reservado aguarda en la siguiente esquina. 

Lo que no espera es que su media naranja sea el historiador escocés obsesionado con los mitos y los libros antiguos que llega al Hotel-Palacio Los Tulipanes como amigo del novio de Bea y que se presta voluntario para ayudarla a resolver el rompecabezas que le ha planteado uno de sus «muertitos», como ella llama a los fantasmas. 

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