Doña Fina

Fina Quesada Ponce fue la profesora de Lengua y Literatura que las Tulipanes tuvieron en el elitista internado gaditano donde cursaron sus estudios primarios y secundarios. 

Para Ana, Beatriz, Gabriela y Patricia, doña Fina siempre fue mucho más que «una simple profesora». Ella fue la constante a la que regresar aun a pesar de la distancia y los años, al erigirse en el hilo conductor que siempre las mantuvo unidas. Tanto que, incluso después de su muerte, Fina Quesada moverá los hilos del destino para que las chicas vuelvan a ser esa piña que conformaron durante la adolescencia y que a la mujer le dio más que la propia vida. 

     

Única hija de los duques de Holguín, doña Fina siempre fue una inconformista, libre pensadora y un poquito reaccionaria. La relación entre sus padres era muy mala, pero ninguno de los dos progenitores quiso poner punto final a su desgraciado matrimonio para no ser la comidilla de la ciudad, así que ella, harta de vivir en aquel infierno, se negó a pasar el resto de sus días escuchando cómo discutían sus padres. Por eso, cuando finalizó la carrera de Filología en Madrid, a sus veintitrés años recién cumplidos, decidió marcharse a Ibiza, a una comuna con otros compañeros de la facultad, y se apuntó al movimiento hippie, que a finales de los sesenta empezaba a conocerse en nuestro

país. 

     

Su padre, ante la negativa de Fina a volver al redil de la élite social, que además se negaba a contraer matrimonio por otro motivo que no fuera amor, la amenazó con repudiarla y desheredarla. Ella pasó de esas amenazas y no volvió jamás a su casa, salvo para los funerales de su «queridísimo» progenitor. 

     

Años después se casó con un hombre que conoció mientras ejercía de maestra rural en el municipio gaditano de Grazalema. Era el padre de uno de sus alumnos más pequeños, Javier, que por entonces tenía cuatro años. Francisco Santos se había quedado viudo cuando su esposa daba a luz a su primer hijo y estaba criando al niño solo, sin ayuda de nadie. Fina empatizó con él y, al final, se enamoraron. Ella se hizo cargo del crío y lo cuidó como si fuera suyo porque, aunque siempre le gustaron mucho los niños, a raíz de una mala praxis médica quedó estéril y nunca pudo tener descendencia. 

     

Aquel matrimonio duró relativamente poco, no llegó ni a nueve años. A su adorado Paco se lo llevó La Parca disfrazada de una panda de adolescentes borrachos que iban conduciendo sin permiso de conducir. Doña Fina quedó destrozada, sobre todo cuando su suegra, en un arranque vengativo sin sentido, le quitó al niño.

 

Ella, para no caer en la desesperación, dejó Grazalema, donde todo eran recuerdos, y se trasladó a Cádiz como profesora de Literatura del colegio donde conocería a Las Tulipanes. Los abuelos de «su niño» vivían en la capital y esa era la única forma de poder verlo, aunque fuera a escondidas. 

 

Fue en esa época cuando Ana, Beatriz, Gabriela y Patricia, después de que en la sesión de cine semanal del colegio emitieran El Club de los Poetas Muertos, le propusieron crear una hermandad para, a la estela de los protagonistas de la película, hacer lecturas de los autores favoritos de la profesora; los del romanticismo del siglo XVIII: Jane Austen, las hermanas Brontë, Lord Byron... Lo que Fina nunca lo reconoció, aunque las chicas no tardaron mucho en descubrirlo por sus propios medios, fue que también era una defensora a ultranza de la romántica actual. Devoraba la obra de Johanna Lindsey, Kathleen Woodiwis, Marie Jo Putney, Nora Roberts, Diana Gabaldón, Virginia Henley y un larguísimo etcétera..

Diecisiete años después, a su muerte, decidida a que aquellas cuatro muchachas retomen su relación de la manera más estrecha posible, no duda en legarles parte de su patrimonio. En concreto, un palacete del siglo XVIII. Una herencia «envenenada» llena de cláusulas que ellas no tendrán más remedio que acatar si quieren convertirlo en un hotel-boutique que gestionar en unión y armonía.

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