Relato de Halloween

Halloween en Los Tulipanes
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Doña Fina Quesada, séptima duquesa de Holguín, se asomó al Velo que separaba el mundo de los vivos y el de los muertos. Esa noche era tan fino que casi podía sentir bajo sus pies el frío de las losetas de mármol de la casa-palacio en la que nació y, como siempre que tenía oportunidad, no pudo resistirse a la tentación de ver cómo les iba a sus niñas. Y no solo a ellas, sino también a los nuevos componentes que se habían ido sumando a aquel queridísimo y selecto Club de las Tulipanes. 

 

Sobre todo, a Javier Santos; el hijo que nunca parió pero que siempre fue el objeto de sus desvelos desde el mismo día en que lo conoció y que, por suerte, se había convertido en la pareja de una de sus Tulipanes, Patricia Hensen.

 

Cuando decidió legar a sus cuatro alumnas favoritas la casa de su familia, no sabía que aquella apuesta iba a salirle tan bien. Porque, aunque en su momento no tenía ni idea de por dónde iban a tirar aquellas chiquillas para cumplir todas sus exigencias, lo que menos esperó fue que la convirtiesen en lo que era en esos momentos: uno de los hoteles con más renombre de Cádiz.

 

Lo único que lamentaba era no haber tomado aquella decisión en vida, porque así habría disfrutado en cuerpo y alma de todo el trabajo que sus niñas habían llevado a cabo entre esas cuatro paredes. 

 

El repiqueteo de unos tacones en la galería interrumpió sus cavilaciones. Nerviosa por ver quiénes eran los primeros en llegar al salón de bodas, donde ella se encontraba y donde se suponía que iban a celebrar aquella fiesta de Halloween para niños, retuvo su fantasmagórico aliento.

 

—¿De verdad Bea ha decidido que seamos nosotras quiénes traslademos toda esta comida que ha encargado para los críos? —masculló Patricia a Gabriela—. Pues yo con estos tacones no creo que pueda dar muchas vueltas.

 

—¡No me extraña! Si yo, que estoy acostumbrada a llevarlos, estoy que ya no sé si cortarme los pies o echárselos a los perros, tú, que nunca te los pones… —concordó dejando sobre la larga mesa de buffet la bandeja que portaba, tras lo que tomó de las manos de su compañera un bol rebosante de «ponche sangriento» para colocarlo al lado—. Ahora mismo voy a llamar a Ewan y a decirle que vengan los cuatro a ayudarnos, que estos se han montado su propio Halloween y ya lo están celebrando en el bar.

 

—¿En el bar? ¡Ya decía yo que Javi tardaba mucho! ¡Voy a acordarme de todo lo que se menea! —exclamó Paty, sacando el móvil del bolsillo para hacer una llamada. De inmediato, la chica compuso una mueca traviesa—. Esto… cielo, ¿por dónde andas? —cuestionó a través del auricular marcando cada sílaba—. En el bar, ya. ¿Que si estoy enfadada? ¿Tú qué crees, Santos? —Su hijo debió responderle algo, porque Patricia asintió con energía—. Claro, claro que sé que solo te llamo por tu apellido cuando estoy enfadada. ¿Que estáis tomando una Coca-Cola? Pues ¡qué bien!. Esto… una cosita sin importancia: te recuerdo que llevo puestas unas botas con unos tacones de vértigo porque a uno que yo sé lo pone a tono. Pero, como ya estoy cansada de dar vueltas con ellos, me voy a poner las zapatillas de estar por casa. Y como no estés aquí en dos minutos, te vas a quedar sin el asalto al castillo de Drácula por parte de esta pirata. ¡Ah, y trae a tus tres compinches! He dicho. —Pulsó el botón de finalización de la llamada y lo guardó en el bolsillito oculto de su falda.

 

Gabriela la miró con los ojos abiertos.

 

—Creo que yo no habría encontrado una argumentación mejor, sí señora. —Ambas se miraron cómplices y rompieron a reír.

 

—Nada, que ya vienen. Les va a sobrar la mitad del tiempo que les he dado. Ya se encargará de ello Javi, por la cuenta que le trae.

 

—Cómo eres, Paty… —dijo abrazándola—. Oyéndote, hasta yo me hubiera creído que de verdad estás enfadada. Y con ese disfraz tan precioso que llevas, de pirata zombie, pareces mucho más temible aún de lo que ya eres de por sí.

 

—¿Me estás llamando enfadona? Joooo —protestó alargando la «o»—, tampoco es para tanto, ¿no? Pero a estos es que hay que atarlos corto, que les das la mano y se toman el brazo… 

 

—No, no, no eres tan temible… —jaleó muerta de risa mientras asomaba la cabeza por una de las puertas dobles que daba a la galería—. Tan poco terrible que ¡mira!

 

Fina también se asomó. Y, desde luego, la visión que tuvo ante sus ojos era, como mínimo, impresionante. Cruzando el patio, en perfecta alineación y con paso rápido, se acercaban cuatro hombres que eran lo más parecido a una visión terrenal de los jinetes del Apocalipsis que había visto en su vida. Salvo que en vez de la guerra, el hambre, la peste y la muerte, estos se habían erigido en el diablo, el conde Drácula, mister Bones y un aterrador Nazgûl de El Señor de los Anillos.

 

De cualquier forma, con aquella altura que tenían todos ellos y ese porte imperioso que Dios les había dado, provocaban que los clientes del hotel que estaban sentados en las mesas del patio volvieran la cabeza a su paso. 

 

Observó por el rabillo del ojo a Patricia y a Gabriela. A ellas las conocía y sabía que, pese a que los esperaban con los brazos en jarras y los rostros serios, por dentro estaban muriéndose de la risa al ver a los chicos caminar hacia ellas como si llevaran al mismísimo Belcebú pegado a sus culos.

 

—¡Ya estamos aquí! —Fue Javi quien se erigió en portavoz de la comitiva—. ¡Qué guapa estás, cariño! —Y se acercó a su mujer para plantarle un rápido beso en los labios.

 

Sonrió ante aquella efusión de su hijo. Javier nunca había sido un niño muy expresivo en cuanto a demostrar sus afectos, así que aquella frase dicha a Patricia, con una sonrisa ladeada y un brillo travieso en los ojos, la emocionó hasta la médula. 

La abogada se acercó a él. 

 

—Mucho «cariño» y aquí estamos Gabriela y yo, solas, dando más vueltas que un loco en una feria.

 

—Pues no preocuparos más —atajó Ewan y se acercó a Gabriela con expresión zalamera, en su simpático disfraz de esqueleto adornado con chaqué y sombrero de copa, o lo que fuera aquello que lucía—. Decidnos qué tenemos que hacer.

 

Y aunque las dos mujeres se guardaron mucho de responder a sus respectivos, ella casi podía escuchar en su cabeza la risa que ambas estaban reprimiendo.

 

—Necesitamos que traigáis las otras bandejas que los del cátering han dejado en la cocina. 

 

—¡Eso está hecho! —La rápida respuesta de Mario la hizo sonreír. Y si a eso le unía el aspaviento que hizo con los brazos, que sacudió las amplias mangas de su disfraz de Nazgûl, casi hizo que estallara en una carcajada—. Por cierto, ¿dónde está…?

 

—Detrás de ti, Señor Oscuro —escuchó la voz de la persona que buscaba, si bien la mirada que Ana le dedicó, de arriba abajo y acompañada de un mohín condescendiente de labios, borró su sonrisa de un plumazo—. Cielo, ¿no podrías haber elegido un disfraz más…?

 

—¿Qué le pasa a este? —saltó como un resorte.

 

—¿Que es feo?

 

Los ojos verdes del hombre, que era la única nota de color que se veía entre aquel borrón de harapos negros, se abrieron desmesurados.

 

—Pero ¡qué dices! Soy el más original de todos.

 

—Ana lleva razón —acotó Cam—. ¡Anda que no había disfraces para elegir!

 

—Me lo dice el hombre que va disfrazado de diablo. ¡Oh, sí, originalidad al poder!

 

Las risas veladas de Ewan y Javier hicieron que el objetivo de Mario cambiara al momento.

 

—¿Y tú de qué te ríes, Draculita? Que te han rebajado el título nobiliario y de «Su Excelencia el señor duque» has pasado a ser un simple conde mordiscón de mujeres desvalidas. ¡Valiente médico estás tú hecho! ¿Qué ha pasado con tu juramento hipocrático?

 

Su hijo se rio con ganas.

 

—Mario, ¿en serio crees que vas a picarme? Sabes que necesitas mucho más que eso para conseguirlo.

 

En esos momentos, el sonido de los ágiles pasos de Bea desde el corredor detuvo aquella absurda disputa de quinceañeros hormonados. De pronto Fina se sintió rejuvenecer veinticinco años mientras su memoria se llenaba de imágenes de su hijo y su amigo bromeando y zahiriéndose con sus rápidas inteligencias en el salón de su casa. 

 

—¿Dónde está el diablito más guapo de Cádiz y parte de las Highlands? —interrumpió Bea sus recuerdos.

 

—Aquí, amorcito —respondió Cam—. ¿Ves, Mario? Así se hace —apuntilló el requerido diablillo, muy ufano, al tiempo que se arrojaba hacia aquella Catrina despampanante, vestida con una falda con menos tela que el taparrabos de Tarzán, que lo recibió con los brazos abiertos.

 

—Oye, Gabriela, ¿dónde has puesto las velitas para meter dentro de las calabazas? —siguió diciendo la recién llegada, ajena a las bromas de los hombres—. No las encuentro por ningún lado.

 

La mujer, que lucía un tradicional disfraz bruja, no respondió. Como siempre, debía de estar en su mundo. Desde luego, aquel atuendo le venía de perlas para meterse de pleno en su universo espiritual y esotérico. Un impresionante sombrero de punta negro y un vestido del mismo color, que se pegaba a su cuerpo de tal manera que habían tenido que practicarle una raja a lo largo de toda la pierna izquierda para que pudiera caminar, hacían que sus alegres ojos grises brillaran con una luz muy especial. 

 

—¿Gabriela? —insistió Bea—. ¡Gabriela!

 

La chica salió de su abstracción con un respingo.

 

—Perdona, ¿qué me decías?

 

—¿Qué te pasa? Te has quedado muy seria y como… ida —cuestionó Bea, preocupada.

 

—No, nada —titubeó.

 

—Gabriela, que te conocemos —intercedió el ángel negro bajo el que se ocultaba Ana—, ¿qué ocurre?

 

—Nada, de verdad…

 

Sin embargo, aquella excusa no coló. Su lenguaje corporal clamaba a los cuatro vientos todo lo contrario y Fina sintió un pequeño pellizco de aprehensión en el lugar donde debería estar su corazón si aún tuviera un cuerpo sólido con el que materializarse.

 

Patricia se acercó a ella y la tomó por los hombros para protegerla en su abrazo. De alguna manera, aunque las cuatro conformaban un sólido grupo, desde chiquillas siempre habían hecho piña dos a dos; Ana con Bea y Gabriela con Patricia, por aquello de que compartir habitación en el internado unía a las personas de una manera muy especial.

 

—Gabriela, cariño, ¿qué te pasa? Anda, suéltalo, que ya sabes que tampoco nos vas a engañar. ¿Algún «muertito» a la vista? —tanteó la pelirroja y ella notó que reprimía un escalofrío que se fraguó en la parte baja de su espalda.

 

El resto de los allí presentes dieron un respingo casi al unísono, acompañándolo con diferentes exclamaciones o quejidos. 

 

Lo cierto era que ya nadie cuestionaba las «habilidades» de Gabriela. Después de lo que había ocurrido en aquella casa tiempo atrás, cuando ella y Ewan tuvieron que ayudar a su abuelo, Ramón Quesada, a trascender al otro plano. Desde entonces, ninguno había vuelto a plantearse sus capacidades extrasensoriales.

 

—No, no, tranquilos —los consoló—. No se trata de ningún «muertito» como tal, pero sí que es cierto que noto una «presencia» más allá del Velo. Aunque no os preocupéis, tal día como hoy es normal. En Samhain todo se vuelve muy difuso…

 

—¿Y de quién se trata? ¿Otra vez don Ramón? —cuestionó Ewan, acercándose a ella para  arrebatársela a Patricia y estrecharla en un embriagador capullo de músculos.

 

—No, no. Don Ramón no es, de eso estoy segura —repuso con un hilo de voz.

 

—¿Entonces?

 

—No lo sé —titubeó—. No sé quién es —insistió al cabo de unos segundos, aunque ella podía percibir que estaba mintiendo—. No os preocupéis, que ya se ha ido —continuó, fingiendo una alegría que en realidad ella sabía que no sentía y apartándose del abrazo del hombre que llenaba todo su mundo terrenal e incluso parte del espiritual—. Vamos, mister Bones, acompáñame a buscar las velitas de Bea.

 

Y sin más, tomó a su recio esqueleto –porque aquello sí que era todo un oxímoron andante– y se alejaron por la galería con paso resuelto. Le hubiera gustado acompañarlos para ver si ella se confesaba a su compañero y le contaba qué era lo que en realidad la perturbaba, pero prefirió quedarse allí con el resto. 

 

No quería interrumpir esos minutos de privacidad que sabía que ambos iban a aprovechar en cuanto estuvieran a solas. ¡Cómo se alegraba de que su pequeña hubiera encontrado a un hombre que de verdad la completaba y la quería con toda su alma, tal y como era! Un hombre con el que Gabriela ya no tenía que fingir no ser «la rarita»; podía serlo y Ewan seguiría ahí, a su lado, apoyándola incondicionalmente. Le había costado localizarlo, pero al final sus esfuerzos estaban siendo recompensados.

 

—Uf, qué susto me ha dado Gabriela —rezongó Javier, el más escéptico de todos—. Que yo no creo en todas esas mandangas suyas, pero seguro que algo hay cuando incluso mi Paty se pone de su parte…

 

—Pues más te vale empezar a creerle —comento Cam—. Yo, desde luego, como buen escocés, no lo dudo ni un momento.

 

—Anda, anda… —desestimó su hijo, al tiempo que movía la mano con desidia—. Venga, señor diablo, ven conmigo a sujetar las guirnaldas de vampiros del patio mexicano antes de que tu Bea nos eche a los perros por no haberlo terminado.

 

—Un respeto, Draculita. Nada de señor diablo, ¡señor príncipe de los Avernos! Con lo cual, aunque solo sea por un día, me debes pleitesía, que príncipe es más que conde… e incluso que duque.

—¡Vete a la mierda, Cam! —repuso muerto de la risa—. El día que dejéis de cachondearos de mí por lo de mi ducado, me pasearé con un kilt por la calle Ancha. Sois unos auténticos coñazos.

 

—¡Oye, pues a lo mejor merece la pena privarnos de nuestra diversión con tal de verte de esa guisa! Por cierto —cambió de tercio—, ¿has visto ya cómo han quedado tus dominios? Te han preparado una mazmorra la mar de chula, con su ataúd y todo. Lo que no sé yo es si tu pirata zombie va a avenirse a compartirlo contigo; un poquito estrecho lo veo yo.

 

—A Paty y a mí nos puede incluso sobrar la mitad de ataúd, lumbreras —y guiñó el ojo con picardía—. Pero la verdad es que, al menos yo, no tengo ninguna intención de pasar aquí la noche, aunque tengamos suficiente espacio. Además, ese colchón debe de ser duro de narices. Pero ¿qué me cuentas del chalecito de verano que ha preparado Ana para ti? En la caldera de Pedro Botero que os ha colocado en medio de la sala, tu Bea va a poder hacerte muy buenas co…

 

Fina se tapó los oídos. Era consciente de que no debía estar escuchando esa conversación, pero tenía que admitir que no dejaba de tener su gracia.

 

Todavía con una sonrisa instalada en los labios, siguió a los dos hombres hasta el interior de aquello que habían nominado «La casa del miedo» con unas letras góticas llenas de telarañas bajo el umbral de la entrada. Y dio gracias a que nadie podía escucharla, porque no pudo evitar la carcajada cuando ambos se detuvieron justo antes de poner un pie en su interior y se persignaron teatralmente.

 

La verdad era que no le extrañaba que aquellos dos tipos, más grandes que los varales del palio de la Virgen de las Penas, se amedrentaran al entrar allí, porque incluso a ella le sobrevino un escalofrío. No podía entender esos tiempos modernos en los que para entretener a los críos se los llevaba a una fiesta a pasar miedo. En su tiempo aquellos eran unos días reservados para el recogimiento y la honra a los difuntos y, a los niños, como mucho, se los llevaba a los Tosantos, como buenos gaditanos. 

 

Desde luego, Ana se había esmerado con la decoración compartimentando todo el salón con maderas y telas que separaban, a modo de laberinto, los diferentes ambientes de un terrorífico recorrido obligatorio. Fina se internó en aquel recinto oscuro solo iluminado con pálidas y desvaídas luces colocadas estratégicamente.

 

Lo primero que encontró a su paso fue lo que se suponía que era el jardín donde se celebraría el aquelarre de las brujas; una marmita colgaba sobre una falsa hoguera en torno a la que girarían las celebrantes, con varios árboles descarnados, con ramas asemejando brazos y bocas terroríficas que estaban iluminadas desde dentro. Por supuesto, estaba segura de que quien dirigiría ese espectáculo sería la pequeña Gabriela, como no podía ser de otro modo.

Luego estaban, uno detrás de otro, los dominios de los dos hombres que la precedían. Allí los dejó, en la mazmorra del conde Drácula, empeñados en reponer la decoración que se había venido abajo. Ella siguió con aquel desestabilizador recorrido. Podía imaginarse a Mario en cualquier recodo, abalanzándose con su oscuro atuendo y su espada de pega sobre los chiquitines para asustarlos . 

 

El siguiente espacio era un barco pirata en tal estado de abandono que ya quisiera Johnny Depp para sí mismo. Parecía recién salido de la película Piratas del Caribe, con sus mástiles partidos y todas las algas del océano por velas. Allí era obvio que la capitana sería Paty, con su pelirroja melena al viento. Desde luego, una imagen… cuando menos, escalofriante.

Más allá se encontraba el patio mexicano, sin duda para Ewan, alias «mister Bones», y Bea, que se encargarían de hacer las delicias de los críos ayudándolos a vencer a una piñata con forma de fantasma. Al fondo, una mesa con todo tipo de turbadoras delicias –desde las típicas salchichitas con kétchup y uñas de mostaza que imitaban los dedos mutilados de una bruja, a arañas de espaguetis y bacon, pasando por los típicos dulces y las galletas con formas y motivos de la festividad–. Todo ello, por supuesto, regado con un asqueroso cóctel infantil repleto de gusanos de gominola, del cual ella no habría bebido ni un solo trago aunque pudiera. Y al mando de todo aquel ágape había un Frankenstein, que ella no tenía el gusto de conocer, pero que suponía que era el empleado del pub de Cam, el tal Josemari del que todos hablaban. 

 

Instintivamente se hizo a un lado cuando escuchó los cuchicheos y las pisadas del resto de miembros de aquel teatrillo.

 

—¿Ya está todo listo? —escuchó preguntar a Ana mientras la chica miraba a su alrededor. En su rostro podía observar la satisfacción que le producía ver que todo estaba ya preparado.

 

—¿Y cuándo se supone que comienzan a llegar los niños? —quiso saber Ewan, aunque sabía que esa cuestión planeaba por más de una cabeza. Consideró que el chico tenía mucha planta de escocés, con ese pelo tan rubio y esos ojazos tan claros, pero también concordó consigo misma que, si hubiese tenido que otorgarle un lugar de nacimiento, lo habría hecho en cualquier ciudad andaluza, porque su acento era más de la tierra que el gazpacho.

 

—Sobre las cinco —repuso Cam buscando con la mirada la aprobación de Bea, algo que obtuvo de inmediato.

 

—Sí —apostilló Patricia mientras se colocaba junto a Javier. Este le pasó una mano por la cintura y la atrajo hacia él para darle un beso cariñoso en la mejilla, gesto que le calentó el corazón y casi la hizo lagrimear de la emoción—. Los guardias de seguridad que hemos contratado ya están avisados.

 

—¿Y también los habéis disfrazado? —quiso saber Mario, ofuscado porque no conseguía echar hacia atrás la enorme capucha que le cubría el rostro por completo y que, estaba segura, le impedía ver con claridad—. Porque, si les das una cota de malla, podrían hacerse pasar por un guardián del Santo Grial de la peli de Indiana Jones.

 

—Uy, ¡qué graciosillo está hoy el arquitecto! ¡Ana, dile algo, anda! —replicó Javier.

 

La aludida ondeó las manos frente a sí.

 

—A mí no me metáis en vuestros asuntos. Arreglaos vosotros dos.

 

Fina estimó que las palabras podían sonar algo belicosas, pero sabía que nada más lejos de la realidad. Las enormes sonrisas que mostraban todos en sus rostros se lo confirmaban. 

 

—¿Qué es ese ruido de fondo? —Se percató de que algo ocurría cuando su hijo les lanzó a todos la pregunta.

 

—Uy, es verdad. Parece como una especie…

 

—No sé qué será, pero parece el rugido de la marabunta —repuso Mario.

 

—¡Muy peliculero te noto yo a ti hoy, guapito! —bromeó Bea, amiga desde la infancia del arquitecto. 

 

—Dejaos de tonterías —atajó Ana, imponiendo seriedad—. Creo… Creo que son nuestros clientes de hoy.

 

Las expresiones que mostraron los rostros de todos fueron desde la incredulidad más absoluta hasta el miedo. 

 

Fue como si, de pronto, se hubiesen abierto las puertas del inframundo y todas las ánimas del Purgatorio estuvieran gritando de agonía, pensó durante un instante. Solo que esas «ánimas» en cuestión estaban bien vivas, medían poco más de un metro de altura y clamaban por chucherías como si no hubiese un mañana.

 

Estimó que después de tantos años ocupándose de la educación de adolescentes en el Santa Brígida, se había olvidado de esos grititos agudos de los más pequeños, que traspasaban el tímpano y hacían que hasta el más valiente se encogiera. 

 

Cada quince minutos, los niños entraban en pequeños grupos. Algunos de ellos se resistían a sobrepasar la puerta de acceso, pero cuando Ana –que era la encargada de acompañarlos durante todo el recorrido– amablemente les presentaba la posibilidad de echarse atrás, un brillo de coraje aparecía en sus inocentes pupilas y, asiéndose con fuerza a la mano de la joven, emprendían el camino con decisión y arrojo. 

 

Cuatro pases después, Fina sabía a la perfección quiénes estaban pasado más miedo en aquel salón, y no eran, precisamente, los menudos visitantes.

 

Ninguno de los ocho adultos que se prestaban a «asustarlos» estaba preparado para la reacción de los niños. No dejaban títere con cabeza; saltaban, golpeaban las paredes, tocaban todo, rompían la decoración de telarañas artificiales… ¡Menos mal que las chicas habían tenido la precaución de tapar los cuadros de Ingres y retirado las valiosas esculturas de cupidos!

 

Y cuando llegaban a la mesa de chucherías… Aquello ya era la debacle, se lanzaban sobre ellas como si no hubieran comido en tres semanas y, si luego no les gustaba el sabor, el suelo parecía el mejor lugar para depositar los restos.

 

Por fin, al borde de las ocho de la noche, la afluencia de niños empezó a decaer y los organizadores dieron por finalizado el evento.

 

—¡La Virgen! Estoy como si hubiera librado una batalla campal contra todos los habitantes de la Tierra Media —exclamó Mario dejándose caer desmadejado sobre uno de los bancos Luis XV que adornaban la galería—. Pensé que esto no se acababa nunca.

 

—Calla —secundó sus quejas Javier—, con razón no quise hacer caso a mi madre y especializarme en pediatría… ¡Qué horror!

 

—¿Qué te ha pasado en la capa, Draculita? Tenía mejor aspecto esta tarde —cuestionó Cam, apoyándose contra una columna.

 

—Pues algo parecido a lo que te ha pasado a ti en el rabo, don Lucifer —repuso el médico—. Parece ser que has sufrido una amputación rabil muy poco apropiada.

 

—¡Espero que solo en el de pega! —bromeó Ewan, quitándose el sombrero de copa y tomando asiento junto a Mario.

 

Las risas que atronaron en la galería provocaron la salida en tropel de las cuatro muchachas, que no lucían mucho mejor aspecto que sus parejas. Patricia llevaba la rojiza cabellera enmarañada bajo el sombrero de ala; Ana había perdido una de sus negras alas y la corona, que oscilaba sobre su cabeza, corría riesgo de precipitarse al suelo de un momento a otro; las calzas de esqueleto de Bea tenían más agujeros que la capa de ozono, y, en cuanto a Gabriela, el paradero de su sombrero de pico era un misterio más grande que la ubicación de la Atlántida.

 

—¡Madre de Dios, no puedo ni con mi alma! —se quejó Bea mientras buscaba un sitio en uno de los sillones cercanos—. Nos merecemos un premio.

 

—Lo que nos merecemos es un palo en la cabeza por inconscientes —refutó Patricia—. ¡¿En qué hora se nos ocurrió montar todo este tinglado?! Y todo esto para no ganar nada. Bueno, en mi caso, un dolor de pies que no puedo con ellos. —Buscó el apoyo de Javier. Este le pasó el brazo por la cintura y la sostuvo para aliviarla de su propio peso.

 

Los ojos de Bea se abrieron desmesurados.

 

—¡Y tenemos que recoger todo esto!

 

—Pues eso, reina, va a ser ya mañana —añadió Ana, sin tardanza—. Yo ahora mismo me muero por una bebida fresquita. Tengo la garganta frita de tanto gritar a esos enanos. ¿Por qué no escuchan?

 

—Sí que te escuchan, lo que ocurre es que te ignoran. Eso es lo que hacen —atajó Patricia—. No sé dónde está Herodes cuando se lo necesita.

 

Cam se incorporó y palmeó con energía, reclamando así la atención de todos.

 

—Chicos, creo que nos merecemos el descanso del guerrero. ¿Qué os parece si vamos al mercado a ver a los Tosantos y, luego, nos pasamos por el pub y que Loris nos ponga una cenita rica? Porque yo no quiero pisar el hotel hasta mañana, por lo menos. ¿Qué me decís?

 

—¿Alguien me puede explicar qué es eso de los Tosantos? —cuestionó Ewan, paseando la mirada por cada uno de ellos.

Gabriela se sentó en su regazo y le echó los brazos al cuello. 

 

—Una fiesta típica de Cádiz, cielo. Los mercados de la ciudad engalanan sus puestos para ese día y se valen de lo que ellos mismo venden. ¿Te imaginas a un pollo con bata de cola y peineta? ¿O a una lubina con la equipación del Real Madrid? Pues eso, tú déjate llevar, que ya verás cómo te gusta y, además, lo pasamos bien.

 

—¡Ah! Y podemos pasarnos por el local del amigo de Cam y tomarnos un vinito allí —propuso Bea sonriente.

 

—¿Por la vinoteca de Nacho? Pues espera, que lo llamo y le reservo un par de mesas.

 

—¿Pero vamos a ir disfrazados? —preguntó Paty con escepticismo—. Porque, si es así, voy a tener que cambiarme las botas. ¡No puedo dar un paso más!

 

—Y yo voy a buscar un imperdible para sujetar el rabo de Cam —dijo Bea poniéndose en pie.

 

Todos estallaron en carcajadas.

 

—¡Por Dios! ¡Qué mal suena eso, cielo! —repuso el aludido, cuando fue capaz de controlar la risa, rojo como un tomate.

 

—Hay que ver, macho, lo mal que estás, que se te cae el rabo y no te das cuenta —se mofó Ewan con saña.

 

—Oye, tengo unas pastillitas azules que lo mismo te sirven para algo —apuntilló Javier, reprimiendo la risa y tratando de mostrarse serio.

 

—¿Y tú por qué las tienes, Javi? ¿Te hacen falta? Uff, ¿hasta ahí hemos llegado ya? —puso la guinda Mario, palmeándole el hombro con condescendencia.

Patricia se plantó ante el arquitecto con los brazos en jarras para lanzarle su mirada de fiera abogada.

 

—A ver, dementor de pacotilla, que Javi no necesita ningún químico para…

 

—¡Eh, eh, que esto no es un traje de dementor! Soy un Nazgûl de…

 

—¡Se acabó! Haya paz —los interrumpió Gabriela, interponiéndose entre ambos—. Y controlad esas lenguas, que como nos escuche doña Fina nos deshereda.

 

Varios pares de ojos se posaron en ella.

—¿Y por qué nos iba a escuchar doña Fina? —preguntó Bea suspicaz.

 

—Hombre, por nada… Es un decir… Solo era para rebajar la tensión, mujer, que esto se estaba saliendo un poquillo de tono.

 

Las palabras de Gabriela, que habían dejado a Fina tan paralizada como a la propia muchacha, que de pronto parecía como si hubiera sido pillada en algún tipo de renuncio, permitieron que ella se relajara de nuevo. Lo último que quería era que alguien descubriera su intromisión en el mundo de los vivos. Una intromisión que solo obedecía a comprobar el bienestar de los que consideraba su familia.

 

Sin embargo, sin saber por qué, siguió a la rubia directora de comunicación, que acababa de mandar a todo el mundo a reparar sus disfraces mientras ella entraba de nuevo a la Casa del Miedo a buscar su sombrero, perdido en el fragor de la batalla contra la chiquillería.

 

—Hombre, doña Fina, a usted me la quería yo echar a la cara a solas…

 

Ella se habría quedado helada si no fuera porque sabía que era imposible que su presencia reflejara ningún tipo de calor corporal.

 

—¿Por fin va a dignarse a decirme algo? —continuó diciendo Gabriela.

 

—Pero… —balbuceó ella, descolocada y sorprendida—. ¿Me estás viendo?

 

—¡Por supuesto que sí! Desde el primer momento…

 

—¿Y me oyes?

 

—¿Pues no le estoy respondiendo?

 

—Ay, por Dios, hija, no les digas a los demás que estoy aquí, por favor… Me da mucho pudor que penséis que me involucro en vuestras vidas porque, créeme, mi visita no obedece a ningún tipo de curiosidad malsana, solo es que…

 

—A ver, tranquila, profe, que si hubiera querido chivarme de su presencia ya lo hubiera hecho. Y ya sé que no es nada de eso. Supongo que se preocupa por nosotros y vela por nuestro bienestar.

 

—Sí, cariño. Eso es. No siempre puedo asomarme a vuestro día a día y tengo que aprovechar fechas como la de hoy, en las que la línea entre los dos mundos es más fina.

 

—¿Y qué le parece lo que hemos hecho con ellas? Con nuestras vidas, digo. ¿Le gusta en lo que hemos convertido su casa? ¿Tiene algún pero que poner a los hombres que hemos elegido? Bueno, ya imagino que para el hombre de Paty tiene pocas pegas...

 

—¡Ay, sí! No sabes lo feliz que me hace ver a mi Javi y a mi niña Patricia juntos. ¡Y tan felices! Se complementan tan bien y ambos se merecen tanto el uno al otro… ¡Estoy encantada!

 

—¿Y con las elecciones de las demás?

 

—Las vuestras también me encantan. Tu Ewan es un amor, y Cam, y… Bueno, qué voy a decir de Mario, si lo conozco desde que era un crío. De verdad, corazón, me hacéis cada día una pletórica… ¿Cómo dices tú? ¿Muertita?

 

La risa de Gabriela la reconfortó en lo más recóndito de su alma.

 

—No se ofenda, por favor, doña Fina. Es que lo de fantasmas… me da un yuyu

 

—¡Claro que no! Si muertita estoy, pero que conste que a mi abuelo no le hace ninguna gracia que le llames así.

 

—Ay, doña Fina, ¡no me hable de su abuelo! ¡Qué terco, por Dios! ¿Y usted solo ha venido de visita o tiene intención de quedarse?

 

—No, no, yo me voy ahora mismo. Me ha hecho muy feliz veros a todas, y a todos, comprobar que estáis bien y el maravilloso trabajo que habéis hecho en esta casa, ahora repleta de energía positiva… No tengo palabras para agradeceros.

 

—Ni nosotras para agradecerle a usted que nos confiara la joya más preciada de su familia. ¡Gracias de todo corazón! Y en este sentido hablo en nombre de las cuatro.

Bueno, de los cinco; porque si no llega a ser por eso, Javi no se enamora de nuestra Paty y todavía la tenemos soltera y dando por saco.

 

—Te abrazaría si pudiera. No sabes cómo me ha alegrado hablar contigo.

 

—Y yo, seño. Y yo. Espero que el año que viene vuelva por aquí de nuevo y podamos tomarnos unos minutitos a solas, porque ahora tengo que irme antes de que vengan a buscarme. Por cierto, ¿sabe dónde han dejado los muchachos mi sombrero?

 

Ella, solícita, se acercó hasta donde estaba y lo señaló sintiendo algo muy parecido a un escozor en los ojos. ¡Lo que ella daría por pasar ratitos como esos más a menudo! Claro que no estaba muy segura de que los demás, a excepción de Gabriela, fueran a aceptar su presencia así como así. Era una suerte que tampoco tuviera la oportunidad de ponerlos a prueba.

 

Notó que poco a poco se desvanecía y, justo antes de hacerlo por completo, mientras se sentía arrastrada a su morada, hizo acopio de fuerzas para despedirse.

 

—Os quiero, mis niñas. Estoy tan orgullosa de todas vosotras. Y mi Javi, en qué gran hombre se ha convertido y… Por favor —dijo con un último resuello—, hoy no, pero cuando pasen unos días, házselo saber a todos.

 

Y sin más, desapareció.

 

 

© Marion S. Lee y Lucía de Vicente

EL CLUB DE LAS TULIPANES