Promesas de sal y limón

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Prólogo

Cádiz, junio de 2000.

 

Ana dio un beso a su madre, otro a su padre y salió corriendo para atravesar el enorme patio del Santa Brígida Irish School a fin de atender la llamada de sus tres amigas, que estaban haciéndose fotos con su querida profesora de Lengua y Literatura, la señora Quesada.

 

El cóctel que siguió a la ceremonia de graduación de las alumnas que ese año terminaban el colegio estaba a punto de finalizar. Hacía pocos días se habían sometido a la dura prueba de la selectividad y tanto ella como sus queridísimas compañeras de fatigas y aventuras obtuvieron magníficas calificaciones, tal y como se esperaba de ellas.

 

La dirección y el profesorado tenían a las cuatro por buenas chicas. Las consideraban de las mejores estudiantes de su promoción, pero ella no pudo evitar una sonrisita ladina al pensar en eso. Lo cierto era que entre todas disponían de una buena colección de travesuras y fechorías en su haber, aunque tenían la virtud de haber salido siempre indemnes de ellas.

 

«Cría fama y échate a dormir», pensó sin perder el paso, acercándose al grupo para posar para la instantánea.

 

—Chicas, ¡hoy es nuestro día! —gritó al tiempo que levantaba el birrete de pega que les facilitaron los organizadores del evento, al más puro estilo de Yankilandia—. Hoy, por fin, podemos quemar Cádiz; no tenemos que regresar al colegio. ¡Y ya somos todas mayores de edad!

 

Solo una semana atrás habían celebrado el dieciocho cumpleaños de Gabriela, la más joven y la más inteligente de las cuatro, por mucho que esa cualidad no se viera reflejada en sus calificaciones escolares. Ni tampoco en la facilidad para hacer amistad con el resto de sus compañeras.

 

—También es nuestro último día juntas, Ana —lloriqueó Gabriela—. Hoy todas dormiremos en nuestras casas y a partir de mañana cada cual seguirá con su propia vida y no volveremos a vernos.

 

—Vamos, vamos, pequeña —la regañó con cariño la señora Quesada, abrazándola—. Hoy no pienses en eso. Como os he dicho siempre, tenéis que vivir el momento. Ya sabes, carpe diem. Mañana, Dios proveerá.

 

—Eso, Gabriela —corroboró Beatriz, la decana del grupo y a la que todas concedían el papel de protectora, aunque solo se llevaran unos pocos meses de diferencia—. Además, sí que vamos a volver a vernos; lo hemos prometido.

 

—Deberíamos sellar eso como Dios manda, ya sabéis... —propuso Patricia, la pragmática, con un gesto pícaro—, para que a ninguna se nos ocurra faltar el día que acordemos para la quedada.

 

—¿Qué es eso de sellar las promesas? —quiso saber la profesora, que miraba de una a otra, curiosa, intentando rellenar los huecos de su conversación.

 

—Bueno, cada vez que...

 

—¡Cállate, Gabriela! —interrumpió Beatriz a la menor, alarmada ante la disposición de esta a contar su más protegido secreto; el que todas guardaban con celo, aunque seguramente el miedo a ser descubiertas tenía más peso que la fidelidad a la palabra dada.

 

—Pero si ya no pueden castigarnos —se defendió esta.

 

—¿Y qué más da? —protestó ella, enfadada.

 

—Nada, doña Fina —salió al paso Patricia—. Se trata de una ceremonia infantil e inocua que celebramos cada vez que nos hacemos alguna promesa de futuro, no se preocupe.

La profesora las miró a todas, analizando las diferentes reacciones, y sonrió enigmática.

 

—Ay, niñas, ¿pensáis que he nacido ayer? —repuso moviendo la cabeza ligeramente de un lado al otro—. Por muchos años que lleve intentando instruir esas y muchas otras cabecitas de calabaza, nunca terminaré de acostumbrarme a que sigáis siendo tan inocentes aún el día de vuestra graduación. ¿Creéis que no estoy al tanto de vuestro juramento... tequilero? —lo denominó después de pensar un rato y a falta de otra palabra más adecuada que acudiera a su mente.

 

Las cuatro se miraron asombradas.

 

—¡Pero, doña Fina! —saltó Beatriz, anonadada al darse cuenta de lo que la señora Quesada acababa de confesar—. ¿Desde... cuándo lo sabe?

 

La mujer rio divertida.

 

—Pues, posiblemente desde el primer día. Os recuerdo que, por mi aula, han pasado montones de alumnas antes que vosotras y seguirán pasando después. Y todas, absolutamente todas, tenéis un punto en el que infringir las normas de la escuela se convierte en vuestro objetivo primordial. Incluso las que tenéis fama de formales y estudiosas.

 

—¿Cómo se dio cuenta? —cuestionó Ana—. Siempre hemos actuado con mucho cuidado.

 

—El primer día que Gabriela bajó al comedor y dejó sobre la mesa su desayuno entero, sin tocar ni una tostada, y el resto, con cara de lechuga vieja, os quejasteis de que algo os había sentado mal y que os dolía la cabeza, lo supe. Luego solo tuve que buscar las pruebas en vuestras habitaciones y, perdonad que os diga, sois muy poco originales intentando ocultarlas.

 

Las cuatro se miraron alarmadas.

 

—¿Y por qué no nos delató? —preguntó Patricia. 

 

Ella siempre era la más inquisitiva, no en vano el curso siguiente se matricularía en la Facultad de Derecho e intentaría convertirse en la abogada más aguerrida y resolutiva de toda España.

 

—No hubiera servido de gran cosa —admitió—. Todos los profesores sabemos que estas cosas ocurren y es casi imposible evitarlo. Lo único que hacemos es intentar que no se nos vayan de las manos y empiecen a convertirse en un problema. Una pequeña cogorza no mata a nadie, siempre y cuando no se produzca demasiado pronto o se repita con asiduidad. Vosotras habéis sido cautas, la verdad. Un par de veces por curso y solo en los dos últimos.

 

—¿Hacen la vista gorda? —dijo Gabriela, asombrada.

 

—Solo a veces, ya os digo. En vuestro caso no era alarmante. Es condición del ser humano transgredir las normas y, si los superiores lo afrontamos con excesivo celo o rectitud, lo único que conseguimos es potenciar ese deseo natural de rebeldía. 

 

—¡Gracias, doña Fina! —exclamó Beatriz, abrazándola, a punto de que se le saltaran las lágrimas por la emoción.

 

—Pero esta noche, ya que acabo de dejar de ser vuestra profesora —propuso doña Fina, quitando hierro al momento—, iré con vosotras y compartiré esos chupitos de tequila para celebrar la clausura de nuestro Club de las Tulipanes.

 

—¡Genial! —gritaron las cuatro a coro.

 

—Además, tenemos algo para usted —confesó Gabriela, incapaz de guardar una sorpresa.

 

—Gabriela... —la reconvino Patricia.

 

—Déjala, Paty —la defendió Beatriz—. Ya sabes que Gabriela es así. Anda, Ana, ve a buscar los regalos de la señora Quesada.

 

Ella también estaba deseando ver la cara que pondría la profesora cuando le entregaran todo lo que llevaban tiempo preparando, así que partió de inmediato con una inestable carrera sobre los tacones, ya que, acostumbrada a los zapatos del uniforme, no tenía suficiente práctica para andar con ellos por un terreno tan desigual como el del patio del colegio, y se dirigió a la habitación que había compartido con Beatriz durante los últimos siete años.

 

El equipaje de ambas estaba allí, embalado y dispuesto para ser trasladado por última vez hasta sus respectivos domicilios. Los armarios parecían los nichos deshabitados de un cementerio, que esperan su próximo inquilino como si el anterior no hubiera dejado allí algo más que su esencia durante una larga temporada.

 

Sintió ganas de llorar, pero hizo un esfuerzo supremo y consiguió reprimir las lágrimas. No quería estropearse el ligero maquillaje que se aplicó para acudir a la ceremonia, ya que ese día estaba todo, o casi todo, permitido.

 

Evitó volver a mirar la habitación y recogió la bolsa de plástico que reposaba sobre su cama, o sobre la que lo fue hasta ese día, y salió zumbando de allí para no derrumbarse y caer en la pena que sentía que empezaba a ahogarla.

 

Del mismo modo que llegó, corrió para volver al punto en el que las demás la esperaban, solo que esa vez eligió la puerta principal, para atajar camino. 

 

—¡Morales! —la reconvino sor Elisa, la portera—, ¡no corra! Aunque sea su último día en esta escuela, las normas se cumplen hasta el final.

 

Ella pegó un frenazo en seco, sonrió a la monja carcelera —como la apodaban entre ellas—, pidió disculpas con una taimada sonrisa y, en cuanto pisó el último escalón que daba acceso al recinto, volvió a correr como alma que se llevara el diablo.

 

—Aquí tenéis, chicas —dijo al entregar su preciada carga.

 

Todas dejaron que Beatriz hiciera los honores sin siquiera consultarlo entre ellas, como en un acuerdo tácito.

 

Esta sacó una caja cuadrada, verde, de tamaño aproximado de treinta por treinta centímetros y se la entregó a la profesora.

 

—Para que tenga un recuerdo nuestro.

 

La mujer la tomó agradecida y emocionada. Cuando levantó la tapa, se le llenaron los ojos de lágrimas.

 

—Está firmada por las cuatro —aclaró Gabriela, ante el silencio acongojado de doña Fina.

 

—Es una placa de plata con el decálogo de nuestro club —especificó Patricia.

 

Se refería a la hermandad que surgió de forma inesperada después de que en la sesión de cine semanal del colegio emitieran El Club de los Poetas Muertos. Ellas quedaron tan impresionadas con la película, y se vieron tan reflejadas en los chicos de aquel internado, que quisieron hacer algo semejante. Y, como no podía ser de otro modo, la única docente capaz de emular las virtudes del señor Keating era su querida profesora de Lengua y

Literatura, que además compartía asignatura con el personaje de Robin Williams.

 

A doña Fina le encantó la idea desde el primer minuto, pues en el fondo era otra inconformista, libre pensadora y un poquito reaccionaria, como John Keating, aunque en otro estilo. A la señora Quesada le gustaba la poesía como al que más, claro que sí, pero prefería la narrativa. Y de entre toda, la de los autores del romanticismo de los siglos XVIII y XIX; Jane Austen, Charlotte Brontë y su hermana Emily, Lord Byron, Mary Shelley, Alexandre Dumas, Gustavo Adolfo Bécquer... 

 

Pero, además, algo que nunca reconoció delante de sus alumnas fue que era una defensora a ultranza de la romántica actual. Seguía la obra de Johanna Lindsey, Kathleen Woodiwis, Marie Jo Putney, Nora Roberts, Diana Gabaldón, Virginia Henley y un larguísimo etcétera de autoras, de las que era voraz lectora. 

 

Ellas no tardaron en averiguarlo. Les extrañaba tanto verla leyendo, en los recreos y antes de irse a la cama, aquellos libros de bolsillo de pastas forradas con papel de periódico, concentrada al máximo y componiendo caras y gestos de admiración, que no pudieron evitar dar rienda suelta a su curiosidad. 

 

Y, en uno de aquellos ataques de rebeldía suyos, en segundo de BUP, vieron la oportunidad de hacerse con el ejemplar que se había dejado olvidado encima de la mesa de clase, un día a última hora. Después de esperar escondidas a que todas las compañeras salieran del aula, entraron y se lo llevaron al cuarto de Beatriz y de ella. 

 

Era de Johanna Lindsey, Amable y Tirano se llamaba. Y aunque su intención fue devolverlo de inmediato, en cuanto se pusieron a leer en voz alta y llegaron al capítulo en el que James Malory seducía, con todo lujo de detalles, a la inexperta y aguerrida Georgina, se les olvidaron las buenas intenciones, por mucho que durante días doña Fina se empeñó en poner patas arriba la clase para encontrarlo e incluso amenazó con castigarlas si no aparecía. Pero ellas no sucumbieron a las amenazas. 

 

Aquel fascículo pasó una y otra vez de mano en mano, para ser leído y releído hasta casi aprendérselo de memoria. Y ese solo fue el primero de muchos. Después, se turnaban para averiguar el título de la novela que leía la profesora y, durante el fin de semana, compraban entre las cuatro un ejemplar idéntico con sus pagas semanales. Incluso un verano que ella fue de vacaciones con sus padres a Nueva York, se las agenció para conseguir algunos títulos que aún no habían sido traducidos al español y que regaló a sus amigas cuando regresaron a las aulas.

 

Por ese motivo aquel era su siguiente regalo.

 

—Tenga, señora Quesada —le ofreció en esa ocasión Patricia, tendiéndole un libro con las tapas de cuero rojo, letras doradas en el lomo y las páginas más ajadas de la historia de la encuadernación en su interior—. Esperamos que sepa perdonarnos la infracción. Nos declaramos culpables de hurto, pero esperamos que sirva de eximente alegar que esto incidió en nuestro amor por la literatura —dijo en su léxico más jurídico, aprendido de la tele, como no podía ser de otro modo. Adoraba las películas de juicios.

 

La profesora cogió aquel ejemplar de Amable y Tirano. Su propio ejemplar, remozado gracias al buen hacer de los profesionales de una imprenta de El Puerto de Santa María.

 

—Mis queridas Tulipanes —sollozó la mujer—. ¡No sé cómo voy a poder pasar el próximo curso sin vuestras trastadas! —Ya no disimulaba su llanto emocionado—. Tenéis que dedicármelo todas, por favor.

 

Doña Fina siempre se dirigía a ellas como «Tulipanes» y por eso pusieron ese título al club que crearon y que ese día tocaba a su fin. No sabían el porqué de aquel apelativo, pero tampoco les importaba. En realidad, ya estaban acostumbradas después de seis años.

 

—Ni nosotras sin usted, señora Quesada —protestó quejicosa Gabriela—. ¿Quién nos va a dirigir a partir de ahora? ¿Quién nos regañará cuando hagamos algo mal?

 

Ella, Patricia y Beatriz no ratificaron aquellas dudas con palabras, pero lo hicieron con gestos de aquiescencia y un silencio sepulcral.

 

—Tranquilas, niñas. Yo siempre ¡siempre! estaré a vuestro lado y a disposición de toda aquella que quiera recurrir a mí. Tenéis mi teléfono y jamás estaré ocupada para vosotras. Esto es una promesa. Por otra parte, ya sois adultas. Tenéis que aprender a volar solas, a vivir vuestra vida y a asumir vuestros propios errores y aciertos. No os conforméis con la mediocridad, buscad la excelencia, y esa búsqueda debe ser individual y emocionante porque cada una tiene que elegir su propio camino.

 

Todas escucharon aquel último consejo, que venía a ser el resumen de sus enseñanzas, y afirmaron llorosas con la cabeza.

 

—No obstante —siguió diciendo la mujer—, esto no es una despedida, es un «hasta pronto» porque, en cuanto salgamos de aquí, vamos a sellar con tequila que intentaremos vernos una vez al año, como mínimo. Y que esa costumbre se prolongará en el tiempo, incluso cuando yo ya no pueda a acudir a la cita. ¿Hecho?

 

—¡Hecho! —gritaron ellas a coro.

 

Las cinco se fundieron en un abrazo colectivo de hipos, mocos y rímel corrido.

 

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Capítulo 1

No mires hacia abajo, Georgie, ni tampoco

hacia arriba.

Mira solo su poblada y anodina barba.

¿Cómo puede perturbarte una barba, si es algo

de lo más corriente?

Amable y tirano, Johanna Lindsey

 

 

 

 

Roma, mayo de 2017.

Ana Morales se asomó de nuevo a la calle para ver si veía venir el taxi que llevaba ya dos horas esperando. Tenía la sensación de que los minutos no avanzaban. Nerviosa, entró de nuevo en la recepción del hotel y se sentó en el mismo sillón que llevaba un buen rato calentando, aunque sus paseos a la puerta eran cada vez menos espaciados.

Dispuesta a pasar el rato como mejor pudiera, retomó su iPad de encima de la mesa y empezó a leer en el punto en que acababa de dejarlo, aunque ni siquiera la lectura de la novela que tenía entre manos —la tercera entrega de una serie de romántica histórica que la tenía entusiasmada, sobre un pueblo imaginario llamado Minstrel Valley— conseguía sumirla en su habitual estado de abstracción.

Por mucho que intentara llenar su tiempo manteniéndose ocupada para que la espera le fuera más llevadera, cada vez se sentía más inquieta. Ese era el motivo por el que bajó al hall del hotel; ya no aguantaba más en la habitación. Registrarse y tomar posesión de la suite de lujo, que les iba a costar un ojo de la cara; arreglar su aspecto para estar impecable; deshacer la maleta y colocar todas sus prendas con meticuloso orden, en lo que consideró la mitad de los armarios no le supuso ningún paliativo a aquel implacable nerviosismo.

Aún menos lo hicieron los tres cafés de bienvenida con que la cadena hotelera la homenajeaba. Ni siquiera mirar el panorama que se abría desde el balcón, donde Vittorio Emanuel II —impertérrito a la grupa de su caballo de bronce— le daba la bienvenida a Roma, obró ningún milagro. Eso sí, no pudo evitar recordar el viaje de fin de carrera que hiciera con sus compañeros de la Universidad de Portsmouth cuando se licenció en Interiorismo y Diseño. Eso la hizo sentir vulnerable.

«¡Qué tiempos aquellos! ¡Me ha cambiado tanto la vida!».

Pero no quería ponerse triste. Aquel iba a ser un fin de semana para el disfrute y el reencuentro con otra época mejor. Uno que supondría un antes y un después en su vida.

Necesitaba marcar la frontera que diferenciara su regreso a aquel tiempo olvidado entre libros y éxitos laborales; a la casa de sus padres y a los amigos de siempre; a Cádiz, con sus playas, su sol, sus procesiones y sus carnavales. Porque ya no regresaría nunca a Londres, salvo que fuera para hacer turismo, y en esos momentos dudaba mucho de que aquel fuera el destino elegido por ella en alguna ocasión; al menos no en un futuro inmediato.

Y aunque la maleta que esa misma mañana arrastró por la terminal de llegadas del aeropuerto de Fiumicino era liviana, se sentía como si acarreara todo el peso del universo sobre las ruedas de su trolley; las pertenencias siempre pesaban menos que las experiencias, aunque ocuparan más espacio físico. No obstante, la capacidad de su alma, esa que acogía todas sus penas y dolores, estaba a punto de rebosar por algún lugar muy poco conveniente.

Necesitaba más que respirar aquellas minivacaciones, al término de las cuales regresaría para siempre a Cádiz, vía Madrid, al amparo seguro de los brazos de la persona que estaba esperando.

La mujer alta y morena que, con su maleta a la zaga, entró en uno de los huecos de la puerta giratoria que estaba mirando con fijeza la sacó de su bucle de autocompasión. El corazón brincó en el interior de su pecho.

Beatriz Crespo, su amiga de la infancia, acababa de llegar. ¡Por fin!

Se precipitó hacia ella abandonando sus pertenencias en el sillón que ocupaba y, en cuanto Beatriz salió de aquella engañosa trampa, ambas se fundieron en un abrazo tan eterno como la ciudad que las acogía. Sintió que le escocían los ojos por la emoción.

Cuando se separaron, se miraron durante un breve instante y volvieron a abrazarse.

—¡Cuánto te he echado de menos, Beatriz! —exclamó sobre el hueco de su hombro, reteniendo las lágrimas a fuerza de pura contención.

—¡Y yo a ti, Ana! Pero a partir de ahora vamos a estar más cerquita y nos veremos más a menudo.

—Eso espero. Nuestra escapada anual ya no es suficiente para mí, me sabe a muy poco.

—Tranquila, ahora que regresas a Cádiz haremos todo lo posible por coincidir cada vez que yo baje a visitar a mis padres. Y nunca pasan más de dos o tres meses.

Por fin dejaron caer los brazos y se apartaron lo suficiente para hacerse un mutuo examen visual, tan femenino como exhaustivo.

—Estás más delgada —exclamó Beatriz—. Mucho, si me permites que te lo diga.

—Bueno, ¿y quién se queja por no tener que bregar con los kilos de más?

—Es que «lo poco agrada y lo mucho enfada», como dice el refrán. Tú nunca has sido gorda y has perdido, por lo menos, cinco kilos desde el año pasado.

—Diez —la corrigió mientras regresaba al sillón para recoger su bolso y el iPad—. Pero es que cuando nos vimos en París yo todavía era una mujer felizmente casada.

Beatriz le lanzó una mirada irónica, cuestionando aquella aseveración, y le hizo un gesto para que se acercaran al mostrador de recepción y así poder registrarse.

—Bueno —se rectificó a sí misma, caminando a su lado—, si no era feliz con mi matrimonio, al menos no era tan infeliz como ahora.

Su amiga no contestó y, en cambio, se centró en terminar cuanto antes los trámites habituales del check in.

—Nadie se muere por un divorcio, Ana —comentó por fin, mientras la recepcionista hacía una fotocopia de su carnet de identidad y le entregaba la llave electrónica.

—Claro que no. Mi divorcio ha sido la crónica de una muerte anunciada, pero te aseguro que no es un trago agradable.

—Lo superarás, solo es cuestión de tiempo. Te lo digo por experiencia.

Un botones las acompañó hasta el ascensor y entró tras ellas llevando consigo la maleta de Beatriz.

—Sí, ya lo sé. Pero tu caso no es como el mío. Tú no te encontraste a tu marido en tu propia cama con una compañera de trabajo que se hacía pasar por tu amiga, ¿verdad? —repuso bajito, para que el muchacho no la oyera—. Y tampoco estabas enamorada de él hasta las trancas, como yo. Lo vuestro fue un divorcio de mutuo acuerdo, ambos queríais perderos de vista.

Salieron del elevador tras el botones y lo siguieron por el pasillo sin decir palabra, cada una perdida en sus recuerdos. Una vez que este les franqueó la entrada a la habitación y dejó la maleta sobre el mueble correspondiente, Beatriz le entregó un billete de cinco euros y cerró la puerta a su espalda.

—Tienes razón, Ana —aceptó por fin sus últimas palabras mientras se volvía hacia ella para abrazarla de nuevo. Por muchos años que pasaran, Beatriz nunca perdería la ocasión de demostrar que estaba dispuesta a protegerla por encima de todo y de todos—. Lo tuyo tiene que haber sido muy duro, pero reconoce conmigo que el cabronazo de Brendan no te merecía y que estás mejor sin él.

—Puede, pero me está costando asimilarlo y acostumbrarme a mi nueva vida de soltera.

—Ya, por eso es una suerte que, por fin, vayas a dejar para siempre esa ciudad del demonio que es Londres, donde seguro que todo te recuerda a él y tu anterior vida. Verás cómo, una vez que regreses a Cádiz, todo va a ser diferente y más fácil.

—Me voy a sentir como un pez fuera del agua —lloriqueó.

—¡Venga ya! Si nunca has dejado de venir por casa.

—Ya, pero eran visitas puntuales y sabía que tenía una vida propia a la que regresar.

—Bueno, ¡pues ya está bien de lamentarse! —la regañó—. Este es nuestro viaje anual. El que nunca hemos dejado de disfrutar desde hace... ¿cuánto? ¿Dieciséis años?

—Diecisiete. Desde el 2000, después de la selectividad. ¡Cuánto echo de menos aquellos primeros encuentros! Fueron maravillosos. Aunque no siempre estábamos las cuatro, porque Gabriela solía estar por ahí, haciendo de Madre Teresa de Calcuta, y vino a pocos, pero era como como volver a nuestros días del colegio, dispuestas a tomar por asalto la ciudad que eligiéramos, entre risas y confidencias.

—¡Sí! Es una pena que poco a poco el grupo haya ido deshaciéndose, pero a medida que nos hacemos mayores, cada vez es más difícil hacer que cuatro vidas tan dispares coincidan.

—Por cierto, ¿sabes algo de las otras Tulipanes? —preguntó por las dos faltantes.

—Poco. Estuve con Gabriela en Semana Santa. Ya te conté por teléfono; sigue igual de mística y de «rarita» y fuimos juntas a ver las procesiones de Cádiz. A Patricia hace casi dos años que no la veo; siempre está tan liada.

—¿Y de doña Fina? —preguntó por la profesora que tuvo la habilidad de unir aquellas cuatro pequeñas almas en proceso de crecimiento para siempre—. ¿Has ido a visitarla últimamente?

—Sí. Fui a su casa hace un par de semanas, la última vez que bajé a ver a mis padres.

—¿Cómo sigue?

—Mal. Se va apagando como una velita, pero sigue con su cabeza tan lúcida como siempre, intentando hacernos creer a todos que en realidad lo suyo no es tan grave. Sin embargo, Ana, sabe que se muere, aunque se niega a ponerse triste y a que la gente a su alrededor lo haga.

—Esta enfermedad de mierda es una putada —masculló ella, quejándose por el cáncer pernicioso que amenazaba con segar la vida de aquella mujer que les enseñó a pensar y a crecer como personas de bien.

—¿Cuánto hace que tú no la ves, Ana?

—Bastante, al menos año y medio. La última vez que estuve con ella ya sabía que tenía la enfermedad, pero me lo contó con una frialdad que me heló la sangre. No me dejó que llorara. Lo pasé fatal. Por eso no he vuelto por allí. ¡No puedo asimilarlo! Sí, ya sé que soy una cobarde.

—No, no eres una cobarde, cariño —rebatió con dulzura—. Es duro perder a las personas que amamos y cada cual asume la desgracia como puede. Ella lo sabe y lo entiende.

—¿Te lo ha dicho?

—Sí. Como no podía ser de otro modo, siempre que nos vemos terminamos hablando del Club de las Tulipanes y, por supuesto, no pierde la ocasión de enterarse de cómo nos va la vida a las cuatro.

—¡Menos mal que tú estás ahí para mantenerla al día! Eres nuestro enlace, Beatriz. Todas nuestras promesas y buenas intenciones hubieran quedado en nada si no fuera por ti, que ejerces de nexo entre todas.

—Bueno, yo soy así, ya lo sabes. Me gusta. Además, soy la mayor, es mi obligación —desestimó jocosa.

—Bah, ¡qué obligación ni obligación! ¡Solo eres la más torpe! —exclamó haciendo chanza de la broma que siempre le gastaban todas y que aludía al hecho de que Beatriz repitió quinto de EGB debido a una enfermedad que la postró en la cama durante meses—. Total, a estas alturas, un año no se nota.

—Es verdad, tienes razón —asumió Beatriz—. Soy la más torpe, pero por poco que se note, también soy la más mayor, ese es un hecho incuestionable. Además de la más cariñosa y la más responsable.

—Cierto, cierto. Yo, en cambio, soy un caso —reconoció—. Con Patricia y Gabriela hace más de cuatro años que ni siquiera cruzo un wasap. Y con doña Fina, antes la llamaba de vez en cuando y le escribía, pero desde que me enteré de «lo suyo»... —Utilizó un eufemismo para no nombrar la terrible palabra—. Solo he sido capaz de enviarle una tarjeta por Navidad.

—Bueno, al menos conmigo sigues manteniendo el contacto.

—Claro, porque tú eres un coñazo y, si no te llamo, me das la tabarra hasta que termino hablando y quedando contigo, aunque solo sea por aburrimiento —bromeó—. Reconozco que soy una despegada.

—Sí, lo eres —confirmó—. Y eso que tú eres la única que no me ha dejado tirada y continúas acudiendo a nuestro fin de semana turístico por Europa.

—Bueno, eso es porque a mí lo de viajar me gusta más que a un niño un caramelo.

—Lo sé, lo sé. Pero cualquier excusa es buena si nos permite seguir en contacto.

Ambas volvieron a abrazarse.

—¡Cómo me gustan tus achuchones, Beatriz! Son de lo más reconfortantes.

—Y más te va a gustar el programa que te tengo preparado. ¡Eso sí que va a ser reconfortante! Te prometo que vas a volver a España con las pilas puestas, lista para comerte el mundo. Además, vamos a aprovechar estos tres días para idear un plan que nos vuelva a reunir, de una vez por todas, a las cuatro Tulipanes.

Ana apenas se sentía persona todavía. Y no lo haría mientras no tuviera dos cafés, como mínimo, en el estómago. La noche anterior Beatriz y ella estuvieron paseando por los alrededores de la Fontana de Trevi y la Piazza Navona hasta muy tarde y luego, cuando ya casi no quedaban transeúntes en la calle, remataron la velada dando buena cuenta de las maravillas del minibar y poniéndose al día, hasta que empezó a clarear sobre las cúpulas de Roma.

Y es que ella era de esas personas que nunca tenía prisa para irse a la cama, pero para quien levantarse suponía casi una proeza, así que despertaba a golpe de cafeína y, como era lógico, acto seguido estaba espídica, con una energía tal que casi era necesario atarla para que se estuviera quieta.

Sin embargo, los primeros minutos del día, antes de la primera taza... Bueno, en esos casos era mejor ignorarla porque ni la pertinente ducha matutina ejercía su magia en ella. Beatriz lo sabía y por eso caminaba a su lado en silencio.

Aun así, existían los milagros. Lo supo porque la presencia de un espectacular hombre, altísimo y morenísimo, que se la quedó mirando con descaro unas cuantas mesas por delante de la que acababa de asignarles el maître, hizo que sus ojos se abrieran como platos y que aterrizara en el mundo de los vivos de sopetón.

Ahora estaba segura de que haberse preparado las tres capsulitas de Nesspreso de hospitality la tarde anterior no fue una buena idea. De haber dejado alguna, al menos podría haberse tomado uno mientras esperaba que Beatriz terminara de maquillarse, de modo que en esos momentos estaría más despejada y podría discernir si la visión que tenía ante sus ojos era una alucinación, o no.

—Bea, ¿tú estás viendo lo mismo que yo? —preguntó a su amiga, señalando con disimulo hacia el objeto de su admiración.

—¿Qué? —preguntó la otra, sorprendida de que se hubiera dignado a despegar los labios sin que le hubieran servido aún—. ¿De qué hablas?

—Del maromazo que hay tres mesas más adelante. ¡Y yo que pensaba que esos tíos solo existían en nuestras novelas, y en nuestra imaginación!

—No, si lo que yo te digo. ¿Ves cómo ante una inyección de testosterona se te pasan todas las tonterías? —replicó al tiempo que se levantaba con disimulo un poco en el asiento, para driblar visualmente a la matrona que tenía justo delante de ella y que estaba en su ángulo de visión, dando el desayuno a su numerosa prole—. Ya te decía yo anoche que tú lo que necesitas es alguien con el que darte un buen revolcón y que te haga olvidar al innombrable.

—¿Pero no habíamos quedado en que no íbamos a hablar de él? —se quejó al ver que su amiga se refería a Brendan e insistía en su necesidad de sexo—. Ya te he dicho que yo no soy de ese tipo de mujeres. Que para acostarme con un hombre tengo que sentir algo por él y que la presencia física...

Se calló al darse cuenta de que Beatriz no estaba escuchándola y se ponía de pie.

—¡No puede ser! —la oyó decir con un deje de sorpresa y admiración.

—Bueno, hija, está muy güenorro, sí, pero tampoco es para tanto. Siéntate, que se va a dar cuenta y verás qué corte.

Pero no le dio tiempo a sujetarla antes de que echara a andar en dirección al hombre, sin recato alguno.

«¿Adónde va esta loca? ¿Qué piensa hacer?». Esperaba que no se le ocurriera tirárselo en los brazos, en ese afán de «mamá gallina» al que jamás terminaría de acostumbrarse, a pesar de ser un comportamiento suyo muy arraigado desde que se conocieron.

La siguió con la mirada, mientras un terror providencial se hacía cargo de su espíritu y se llevaba a los labios la primera taza de café que acababa de servirle el camarero. Se la bebió entera, casi de un solo trago. Se quemó la lengua, por supuesto, pero no le importó demasiado.

Nerviosa y sin saber qué hacer, al ver que Beatriz se aproximaba a la mesa del «bombón italiano» —como acababa de bautizarlo en su mente— y le decía algo, se levantó de la silla y se dirigió, con precipitación, al espléndido buffet que exponía un sinfín de manjares a su espalda. ¡No quería verlo!

Por suerte, su amiga no vino a interrumpirla durante su elección, pero no pudo evitar lanzar un par de miradas furtivas, con disimulo, hacia la mesa de él.

«¡Leche, pero si están abrazándose como si no hubiera un mañana!», exclamó para sí misma. «Menos mal que yo no tengo intención de liarme con nadie porque este hubiera sido el robo de ligue más descarado de la historia».

—Vale, guapa, pa ti pa siempre. Espero que al menos me des las gracias —masculló entre dientes mientras continuaba llenando el plato de croissants recién horneados, ante el sorprendido escrutinio de un hombre que se encontraba a su lado.

 

No volvió a mirar en su dirección. Una cosa era que ella no tuviera intenciones de olvidar sus penas en brazos ajenos y otra muy diferente que Beatriz, por muy lanzada que fuera, la dejara plantada como una seta por el primer tío bueno que apareciera ante sus ojos. Además, tampoco era para tanto, ¿o sí?

Dispuesta a comprobarlo, tomó el camino de regreso a su mesa, con el plato rebosante en una mano y un vaso de zumo de naranja recién exprimido en la otra, mirando hacia el lugar en el que acababa de verlos fundidos en su tórrida presentación de bienvenida.

«Pero ¿dónde se han metido?». A eso llamaba ella velocidad y lo demás eran tonterías. Y no sabía si era por la escasez de cafeína en vena o por lo que, de alguna manera, consideraba una traición, pero se sintió mosqueada. Tanto como cuando, en segundo de BUP, Beatriz se lio con Andrés Zancajo en la discoteca, aun cuando sabía que ella llevaba meses suspirando por sus huesos.

Hacía años que no recordaba aquel episodio que estuvo a punto de dar al traste con su amistad y con el que luego, al cabo del tiempo, bromearon hasta la saciedad. Sin embargo, acababa de darse cuenta de que, de algún modo, continuaba guardándole cierto resquemor por esa deslealtad de amiga y que esto no le estaba sentando mucho mejor.

Envuelta en la bruma roja del cabreo que acababa de pillarse, no se dio cuenta de que su mesa estaba ocupada. Y, claro, como no podía ser de otra manera, dada su maldita costumbre de hacer juicios sin tener toda la información, había vuelto a equivocarse.

No era que Beatriz y el «bombón italiano» se hubieran fugado a la habitación de alguno de los dos ante sus mismas narices, en menos tiempo del que utiliza en persignarse un cura loco, no. Al parecer, Beatriz decidió invitar al «bombón italiano» a desayunar con ellas y este no tuvo mejor idea que aceptar.

¿Y ahora qué hacía?

En realidad, ya era demasiado tarde para salir corriendo, estaba justo delante de su silla y, para más inri, ellos la miraban expectantes. No tenía forma de escabullirse. Además, aunque quisiera tampoco podría hacerlo, su bolso colgaba del respaldo de esa silla que ella debía ocupar y su teléfono móvil yacía en silencio sobre el mantel.

«¡Menudo desastre!», pensó, intentando inventar alguna excusa para dejarlos a solas.

—Ana —interrumpió Beatriz sus maquinaciones—, mira, quiero presentarte a Mario Guerra. Es un amigo de... ¡de toda la vida! —Estaba exultante—. Su padre y el mío hicieron la mili juntos en San Fernando, en la Marina, y desde entonces son íntimos amigos —explicó—. Tanto que cuando mi padre conoció a mi madre y se hicieron novios, ella no dudó en presentar a Julio a su compañera de piso, que resulta ser la madre de Mario. Así que ya ves, nos conocemos desde siempre.

«Vaya, pues no es un “bombón italiano” —dedujo—. Debe tratarse de un “bombón gaditano”. ¡Hijo mío, ¿dónde estabas tú cuando yo vivía todavía en España?!», le preguntó en su imaginación.

El aludido se puso en pie con galantería y le tendió la mano. Ella la aceptó tras soltar su carga sobre la mesa. Era grande, ancha y fuerte, con unas uñas muy cortas y cuidadas.

—Hola —saludó él, con una luminosa y perfecta sonrisa, fruto de la labor de un odontólogo muy muy caro.

—Hola —repuso ella, a medio camino entre la vergüenza y la estupefacción de la que todavía no acababa de salir—. Ana Morales —se presentó a sí misma, al ver que Beatriz no se tomaba la molestia de hacerlo.

—Sí, ya me ha dicho Bea quién eres. Su amiga del colegio, ¿no es eso? —respondió con una voz profunda y grave, a la que adornaba un fuerte acento gaditano.

—Eso es —confirmó, dejando que la musical cadencia de su tierra se colara por sus oídos para ir a alojarse en algún indefinido lugar de su anatomía, ubicado entre el primero y el segundo chakra, más o menos.

Lo cierto era que no sabía qué más decir. Estaba impactada, así que se limitó a sentarse y a dar un gran trago al segundo café de la mañana.

—Y también me ha dicho Beatriz que has venido a Roma a celebrar tu divorcio —continuó diciendo Mario, tomando la iniciativa de la conversación, entre pinchada y pinchada de su plato de huevos revueltos.

«¡Pero qué bocazas eres, Bea! ¿Qué narices le importa al bombón italiano, digo, gaditano, a qué hemos venido a Roma?», se cuestionó indignada.

—Bueno —contestó en cambio, con una sonrisa de oreja a oreja—, en realidad, todos los años hacemos un viaje juntas. Un fin de semana de chicas. —Omitió lo de «Tulipanes»—. Para ponernos al día de todo lo que nos ha ocurrido desde la última vez que nos vimos. Así que no, no estamos celebrando mi divorcio.

—¿Pero te has divorciado o no? —insistió él.

—Sí, pero lo hice en enero. Ya han pasado cinco meses.

—Y no os habías visto hasta ahora —siguió diciendo él, con una afirmación en la que prescindió intencionadamente de las interrogaciones.

—No —contestó por ella Beatriz—. Por eso este viaje también cumple ese cometido.

—¡Pero lo hubiéramos hecho igual, aunque siguiera casada! —se defendió ella—. Llevamos desde el año 2000 haciéndolo —explicó al recién llegado.

—¡Qué divertido! —jaleó Mario—. A mí también me gustaría hacer algo así con mis compañeros del colegio o de la facultad, pero lo cierto es que no tengo ni idea de qué ha sido de ellos.

—Los hombres sois así de desprendidos —lo regañó Bea, pero él parecía estar recordando algo que lo tenía muy ensimismado.

—Ah, ¡ya me acuerdo! —dijo por fin—. ¿Tú no me hablaste de estos viajes mientras estábamos estudiando en Madrid? ¿No son esos que hacías con tus... margaritas? —Y se rio como si hubiera contado algún chiste malo.

—Tulipanes —lo corrigió ella, muy digna y muy seria.

—Bueno, una flor, al fin y al cabo. Recordaba que era un mote muy cursi.

«Mira, va a resultar que el bombón gaditano no es tan guay como yo pensaba», se dijo a sí misma. En su imaginación, cuando lo vio sentado a su mesa, con su traje de marca hecho a medida y sus magníficos modales, dio por sentado que, además de italiano, lo cual ya era un plus en sí mismo, era un tipo simpático, cordial, galante y nada nada patoso.

—Pero, Bea, ¿dejas que cualquiera vaya por ahí llamándonos «cursis»? —replicó en tono de chanza para quitar hierro a la advertencia que, de forma velada, hacía a su amiga—. Mario, creo que antes de catalogarnos deberías conocer a todas las componentes del grupo. Te garantizo que, si lo hicieras, ese sería el último calificativo que utilizarías.

—Si yo no lo dejo —contestó la otra, de inmediato, a la defensiva—. Ya te he dicho que Mario y yo nos conocemos desde siempre, así que hace lo que quiere y le encanta picarme. De todas formas, quédate tranquila, él no entra en la categoría de «cualquiera». Durante una época lo compartimos todo; casa, universidad, juergas, amigos...

«Amigos, no, guapa, que conmigo no lo compartiste», pensó para sus adentros.

—Todo menos la cama —aclaró él, sin que nadie le pidiera explicaciones.

«¡Mira, pues eso me alegra saberlo, bombón de donde quiera que seas!».

—En fin —dijo cambiando de tema, sin darse cuenta de que con sus siguientes palabras revelaba parte de sus elucubraciones—. ¡Y yo que pensaba que eras italiano!

—En realidad, sí lo soy.

—Sí eres ¿qué? —Acababa de perderse al percatarse de su metedura de pata.

—Italiano. Aunque he nacido en Cádiz, mi madre y toda su familia son venecianos, así que tengo su nacionalidad, ya que al ser europeo no puedo tener ambas y ese fue el capricho de mi progenitora.

—Ah… —repuso para salir del paso—. Tienes un acento tan... gaditano.

—Porque mi padre es de Cádiz. Allí me crie y allí es donde vivo.

«Muy bien, guapo, ahora sé que eres un bombón ítalo-gaditano, aunque me parece que eres un bombón relleno de alguna sustancia peligrosa para mi estabilidad hormonal».

—Por cierto, ya que tú estás tan al día del motivo de nuestro viaje, ¿por qué no nos cuentas qué has venido a hacer en Roma? —cuestionó ella, intentando averiguar algo más de él. Se sentía en desventaja.

—Nada tan divertido como lo vuestro; trabajar.

—¿En qué trabajas?

Observó que Beatriz componía un rictus de alarma en el rostro y que intentaba meter baza en aquella conversación tan surrealista que mantenían. Le extrañó aquella reacción, pero no tuvo tiempo de preguntar.

—Eso mejor te lo cuento esta noche, ahora no tengo tiempo, si quiero estar puntual en la obra. ¿Qué os parece —preguntó mirando a Beatriz— si os invito a cenar en el Trastévere y así tú y yo nos ponemos al día de nuestras vidas y, de paso, conozco un poco mejor a Ana?

—¡Genial! —contestó su amiga, levantándose de la mesa—. ¿A qué hora quedamos y dónde?

—A las ocho en Ombre Rosse. Cualquier taxista sabe dónde está y, si queréis ir andando desde aquí, cuando lleguéis a la plaza de Santa María del Trastévere, preguntad por el local. Todo el mundo lo conoce.

—Vale, allí estaremos —aceptó Beatriz por las dos.

Mil alarmas sonaron al mismo tiempo en su cabeza. ¿Por qué Beatriz no le preguntaba a ella qué opinaba de ir a cenar con su amigo? ¿Por qué estaba tan interesada en aquel encuentro si ellos nunca habían sido amantes? No estaría pensando en forzar un episodio de sábanas revueltas, sudor y lujuria entre Mario y ella, ¿verdad?

Porque si era así, iba lista. Ella no estaba por la labor de mantener ningún tipo de relación con un hombre más allá del trato cordial entre dos seres humanos. En esos momentos odiaba al género masculino y recelaba de él por sistema, por lo que no pensaba meter a ninguno en su cama hasta, como mínimo, la llegada de la sexta extinción masiva.

—Al menos dime a qué te dedicas —solicitó ella, a fin de alargar la conversación mientras buscaba una excusa plausible con la que rechazar aquella cena.

Antes de responder él la miró con ese punto de vanagloria que tienen los hombres bien situados y que les hace pensar que ese detalle es suficiente para abrirles la puerta de la habitación de cualquier mujer.

—Soy arquitecto —repuso— y estoy en un proyecto de conservación del Coliseo por las afecciones de la Línea C del Metro de Roma. Esta noche te lo cuento todo con detalle.

«¡Mucho me temo que no, bonito! Porque va a ir a cenar contigo el Papa, que te pilla cerca, mira tú», pensó para sí misma. «Tú no lo sabes, pero las palabras “hombre” y “arquitecto”, juntas en la misma frase, son dos poderosas razones para que yo no vaya contigo ni a la vuelta de la esquina».

—Lo siento, Mario —declinó la invitación al mismo tiempo que taladraba a Beatriz con la mirada—. Creo que es mejor que vayáis vosotros solos, así estaréis más cómodos.

—¡Para nada! —desestimó él—. Tú vienes con nosotros. No es nada galante dejar a una mujer sola en su primera noche en Roma.

—La segunda. Llegamos ayer por la mañana. Y no, de verdad. Gracias —zanjó, sin dejar espacio a la réplica.

—Por favor, Ana —rogó Beatriz—. Venga, hazlo por mí.

—Luego lo hablamos, ¿vale?

Con esa escueta sentencia dio por terminada la discusión que no quería seguir manteniendo en presencia de él, aunque en realidad lo que el cuerpo le pedía era gritarle, sin importarle un bledo si él estaba, o no, presente, «¿No te dije anoche que, en lo que me quedara de vida, no quería volver a saber nada de los hombres en general y mucho menos si eran arquitectos? ¿Es que no te enteras de nada de lo que te digo?».

Su amiga sabía que con Brendan, su ex, había cubierto su cupo de masoquismo masculino. Con una equivocación ya tenía suficiente para toda la vida, pero si además sumaba el detallito de que ambos tenían la misma profesión... Eso último era una reacción infantil e inmadura, lo sabía, pero no podía evitarlo. Estaba tan dolida y escarmentada por la actitud de su exmarido que no quería tener nada que ver con nadie que se pareciera, ni remotamente, a él.

—Bueno, Mario, tú no te preocupes. Allí estaremos, puntuales como un reloj suizo. Yo me encargo de convencerla. Nos vemos a las ocho —dijo Bea, sin embargo, ignorando la mirada acusatoria que estaba lanzándole.

—En ese caso, hasta esta noche, preciosa —se despidió él, besándola en la mejilla y acercándose a ella para hacer lo mismo. Ella, suspicaz, le tendió la mano, marcando las distancias.

—Encantada de conocerte, Mario. Y gracias por la invitación —repitió seria para dejar muy claro que no iba a aceptarla, dijera lo que dijera Beatriz.

«Ya puedes esperarme sentado, rico, que de pie vas a cansarte».