Tal y como lo soñé

Capítulo 1

Carpe diem. Aprovecha el momento.

Punto 1º del Decálogo del Club de las Tulipanes

 

Porque somos alimentos para gusanos, señores. Porque aunque no lo crean, un día todos los que estamos en esta sala dejaremos de respirar. Nos pondremos fríos y moriremos. Aprovechen el día, muchachos. Hagan que sus vidas sean extraordinarias.

 

El Club de los Poetas Muertos

 

 

 

 

Cam se detuvo frente a la verja de entrada que daba acceso al Hotel Palacio Los Tulipanes y alzó la mirada hacia la imponente vista que tenía ante sí.

 

—Vaya si ha quedado bonito —se dijo con una sonrisa en los labios.

 

Desde que había leído en la prensa local que la famosa casa de Los Tulipanes iba a convertirse en un hotel habían pasado ya unos meses. Después de años con su fachada recubierta por andamios, parecía que finalmente las obras habían terminado.

 

Contempló el movimiento y la iluminación tan festiva y se le ocurrió que, quizás, esa noche era la inauguración. Se preguntó si sería el momento adecuado para tratar el asunto que lo llevaba hasta allí, pero a partir del día siguiente iba a estar muchas horas trabajando y el tiempo que le quedara libre sería para dormir y descansar. «Eso si quiero llegar vivo al próximo fin de semana, que el carnaval siempre es agotador consideró—. Así que, por probar si pueden atenderme hoy, que no quede», pensó con decisión.

 

Atravesó la zona de estacionamiento con paso largo y seguro. Si todos esos coches eran de huéspedes del hotel, la inauguración estaba siendo un éxito rotundo.

 

Pese a no llevar invitación, el vigilante de seguridad lo dejó pasar tras decirle que iba por asuntos de negocio, algo que no era del todo mentira. Cruzó el zaguán de entrada y se dirigió a la recepción. Y, aunque no lo pretendía, sus pies se pararon en seco.

 

«Si por fuera es bonito, por dentro es… impresionante».

 

El bullicio de voces y música se entremezclaba con la canción que sonaba en ese momento en el hilo musical. Muchas personas transitaban por el inmenso hall; algunas de ellas disfrazadas; otras, no; pero todas, absolutamente todas, mostraban una gran sonrisa en los labios y una copa en la mano.

 

Paseó la mirada por lo que lo rodeaba: una gran lámpara de araña pendía encendida sobre la mayor mesa de caoba que había visto jamás; en el centro, un enorme arreglo con coloridos tulipanes perfumaba el lugar, mientras que un cerco de columnas con ménsulas pintadas de blanco encerraban el patio… Reprimiendo las ganas de poder apreciar todo de cerca, se encaminó hacia donde le habían indicado.

 

El mostrador lo atendía un hombre alto y estirado, aunque de expresión simpática, y una mujer disfrazada con el traje típico gaditano, en cuyo corpiño de terciopelo negro llevaba una plaquita que ponía «Carmen».

 

Al llegar, la recepcionista lo saludó con un elegante cabeceo.

 

—Buenas noches, señor. ¿Tiene reserva?

 

—Eh… Buenas noches —respondió con cortesía y un poco desubicado—. No, no tengo ninguna reserva. En realidad, lo que quería era hablar con el encargado de la organización de eventos. ¿Sería posible?

 

La mujer, tras intercambiar unas palabras con su compañero, asintió.

 

—¿Es tan amable de acompañarme, por favor? —preguntó con cordialidad mientras caminaba delante de él y lo guiaba hacia un patio interior.

 

Era un espacio enorme, cuadrado y porticado por los cuatro laterales. El suelo estaba recubierto de baldosas de mármol con un intrincado diseño en blanco y negro. Conforme se acercaba al centro, que dominaba una bellísima fuente, pudo escuchar el sonido del agua, que hasta ese momento había estado eclipsado por el ruido ambiente. El verdor de los frondosos maceteros le daba el toque que necesitaba para ser un rincón muy agradable.

 

Todo el conjunto tenía la mezcla exacta entre antiguo y nuevo, ese estilo entre neoclásico y moderno que los miembros de la asociación querían para lo que tenían en mente.

 

Carmen se detuvo, sin que la sonrisa se hubiese borrado ni un solo instante de su rostro.

 

—Espere aquí, si es tan amable —lo instó—. Si quiere, tome asiento. Veré si pueden atenderlo en este momento —añadió, señalándole con un gesto del brazo los confortables sillones que amueblaban el vasto espacio y que tenían aspecto de ser comodísimos.

 

—Eh, claro, sin problema —contestó—. Pero ¿podría echar un vistazo? Esto es… precioso. Han hecho un gran trabajo.

 

Como si le hubiese regalado un halago personal, la mujer levantó la barbilla con evidente orgullo.

 

—Por supuesto. Siéntase como en su casa. ¿Le apetece beber algo mientras espera?

 

Estaba a punto de declinar su amable invitación cuando la vio levantar la mano para reclamar la atención de un camarero perfectamente uniformado, que portaba una bandeja repleta de copas de cerveza. Sin querer parecer grosero, asintió. El camarero le ofreció la bandeja y él tomó una.

 

Sin darle tiempo a agradecerle el gesto, la mujer se marchó en dirección a las escaleras y la perdió de vista en cuanto subió el primer tramo. Con una sonrisa en los labios, dio el primer trago a su bebida. La cerveza estaba fresca y le alivió de inmediato la garganta reseca.

 

—No sirves para esto, Cam —masculló muy bajo mientras giraba en redondo, con lentitud.

 

Se sentía totalmente fuera de lugar en ese sitio, que tanto estilo desprendía. Él era un hombre de gustos sencillos, que vestía vaqueros y polos con el nombre de alguna cerveza bordada en la manga. Pero su amigo Ewan le había pedido un favor y, puesto que en realidad no le costaba tanto, allí se encontraba.

 

De un nuevo y largo trago, acabó la bebida y dejo la copa sobre una de las mesitas de mimbre.

 

Miró a su alrededor. Parecía como si lo hubiesen transportado en el tiempo a la época en que los ricos comerciantes establecidos en Cádiz traían sus mercaderías desde las Indias Occidentales. Él había aprendido sobre aquello cuando llegó a la ciudad, una ciudad que le robó el corazón de inmediato y que lo acogió como si siempre hubiese pertenecido a ese rincón del mundo.

 

Incapaz de estarse quieto, se paseó entre las mesas hasta llegar al pie de la fastuosa escalera que llevaba al piso superior. Constaba de dos cuerpos divididos por un pequeño pasillo. En el medio de sus dos brazos, un corredor dejaba ver, al final, un jardín no demasiado grande, que generaba un gran contraste entre tanto mármol blanco.

 

Caminó con lentitud hasta una estatua que daba paso a un corredor. Era una réplica de una mujer griega con el torso desnudo, que se sujetaba el peplo con ambas manos delante del pecho. Estaba absorto contemplándola, cautivado por sus rasgos y su expresión impertérrita, cuando oyó el repiqueteo de unos tacones.

 

Por instinto, levantó la mirada y, si segundos atrás pensó que la escultura era una preciosidad, estaba a punto de desdecirse al contemplar a la mujer que descendía por las majestuosas escaleras de mármol blanco.

 

Sosteniéndose con gracia el ruedo de la larga falda, mantenía la vista clavada en los escalones para asegurarse de no dar un paso en falso. Pese a ello, pudo atisbar cómo sus labios se elevaban en una sonrisa que parecía natural en ella. El pelo, recogido sobre la cabeza de manera informal, dejaba escapar algunos mechones que le acariciaban el cuello. En cualquier otra mujer ese peinado parecería un nido de pájaros, pero a ella le hacía resaltar los pómulos y el óvalo de la cara, así como el hueco entre sus clavículas. El cuerpo del vestido le entallaba la estrecha cintura y hacía destacar el gran escote cuadrado, que podía atisbar incluso desde allí. Ya no hubo manera posible de desligar la vista de ella.

 

Tenía que admitir que le sorprendía gratamente el disfraz que la mujer, fuera quien fuese, había elegido. No porque le resultara extraño, sino porque era demasiado familiar. Lo había visto durante su infancia en multitud de festivales y celebraciones en su tierra natal, y se preguntó por qué ella habría elegido el diseño de ese tartán en especial, porque tenía muy claro que iba vestida de escocesa. Si hubiera tenido alguna duda, el broche de plata en forma de cardo que llevaba prendido en el hombro izquierdo le habría terminado de dar la pista.

 

No pudo evitar sonreír, como tampoco pudo evitar continuar con la vista puesta en ella. Tal vez estaba siendo un descarado, pero prefería que le pusieran la cara colorada y que le reprochasen su censurable actitud a dejar de mirarla de manera voluntaria.

 

En ese momento, la mujer llegó hasta la base de la escalera. Se fijó en que podía tener más o menos su misma edad y él acababa de cumplir treinta y ocho años. Tenía esa actitud de la persona que aún es joven, pero que ya ha tenido suficientes experiencias en la vida.

 

Era alta, aunque pensó que, tal vez, el recogido del pelo y los tacones que había visto al bajar le otorgaban unos centímetros de más. Pero lo que más le llamó la atención fueron sus preciosos y enormes ojos, de un azul intenso, que miraban a su alrededor como si estuvieran buscando a alguien.

 

La vio girar muy despacio hasta que recaló en su presencia. No entendió qué era lo que le había hecho retener el aire ni por qué los latidos de su corazón se dispararon. «¡Anda que no habrás visto mujeres guapas en tu vida, Cam!», se reprochó.

 

«Sí, pero no tanto como ella», añadió una vocecilla en su cabeza, socarrona y picajosa, sin tan siquiera preguntarle.

 

Con un elegante y sutil movimiento de hombros, la mujer se acercó hasta él para detenerse a apenas un metro de distancia.

 

—Perdone, ¿está usted esperando a alguien?

 

—Eh… Sí, sí —contestó de inmediato, asintiendo con un movimiento de cabeza demasiado enérgico para su gusto—. Espero a un responsable del hotel.

 

Agradeció haberle respondido antes de que ella sonriera porque acababa de quedarse sin palabras al ver la expresión que se dibujó en su rostro.

 

Sin más, ella le tendió una mano con decisión.

 

—Pues acaba de encontrarla. Soy Lucía Crespo, responsable de la organización de eventos del Hotel Palacio Los Tulipanes. Encantada de conocerlo.

 

Mucho se temió que, si no le correspondía el gesto, iba a quedar como un perfecto idiota, así que extendió el brazo y aceptó el saludo.

 

—Cameron Brodie —se presentó mientras sostenía su mano. Bajo su palma pudo percibir la fuerza que ella transmitía. Era una mano delgada pero fuerte, de dedos largos y uñas cuidadas, que sujetaba la suya con decisión. Extrañamente, se sintió decepcionado cuando ella se soltó de su agarre, aunque la sonrisa que le dedicó lo compensó en cierta manera.

 

—Bien, pues sígame, por favor. Iremos a un lugar un poco más tranquilo —dijo mientras esperaba a que él se colocara a su lado para guiarlo.

 

—Sí, claro —respondió. Por un momento, se sintió estúpido por no responderle algo más elocuente—. Así que hoy es la inauguración —añadió.

 

«¡Bravo, Cam! Eres un portento, colega. ¿No podías ser más obvio?», se recriminó en silencio.

 

Ella asintió con energía.

 

—Sí, al fin. Ha sido un proceso largo, pero lo hemos conseguido en el tiempo que nos habíamos propuesto.

 

—Seguro que el Ayuntamiento no os lo ha puesto fácil.

 

Una carcajada emergió de la garganta de la mujer, sin forzarla.

 

—¡Para nada! Ha sido un tira y afloja constante con ellos.

 

—Suele suceder, sí —añadió mientras caminaba a su lado en dirección a unas grandes puertas dobles que había en uno de los pasillos que daban al patio.

 

Cuando llegaron ante ellas, la mujer abrió y le indicó que pasara, algo que él hizo sin rechistar.

 

Estaba comprobando que cada estancia de ese lugar lo dejaba con la boca abierta, sin saber qué decir y pensando que era aún más bonita que la anterior. El calificativo que acudió a su mente al entrar en esa biblioteca fue «majestuosa».

 

Allá donde mirara había libros, cientos de ellos distribuidos en estanterías, en ese mismo nivel y en otro superior, al que seguramente se accedía por la escalera de caracol que veía al otro lado de la enorme sala. Incluso llegó hasta su nariz el aroma a papel antiguo, vitela y cuero que hablaba sin lugar a duda de épocas pasadas.

 

Escuchó la puerta cerrarse y se giró. Lucía se dirigió a uno de los escritorios de caoba que dividía la estancia y, antes de sentarse, le hizo un ademán con la mano para que ocupara uno de los asientos que estaba al otro lado.

 

—Por favor.

 

Aceptó la invitación con un gesto de asentimiento.

 

—Muy bien, pues usted dirá —comenzó diciendo ella.

 

—Tú dirás.

 

La expresión de desconcierto que se dibujó en su rostro casi lo hizo reír. Casi, porque, de haberlo hecho, se lo habría reprochado con dureza.

 

—Perdón, ¿cómo dice?

 

Él se movió en su asiento, hasta sentarse en el borde.

 

—No, no, discúlpame. Es que no me siento muy cómodo con tanto formalismo —se justificó—. ¿Te importaría si nos tuteásemos?

 

Ella asintió con convencimiento.

 

—Claro, por supuesto. Entonces, tú dirás.

 

—Verás, un buen amigo me ha pedido que le encuentre un lugar en donde llevar a cabo la próxima reunión de la asociación que preside. Sus miembros suelen moverse por casi toda Europa y han pensado que Cádiz sería un buen lugar para su próxima reunión, así que están buscando un hotel para alojarse y llevar a cabo las reuniones y todas esas cosas de las que yo no entiendo mucho, la verdad.

 

—Bueno, no sé qué contestarte sin saber de qué fecha hablamos.

 

—Están barajando del veinte al veintitrés de junio.

 

La vio apretar los labios, pensativa, componiendo una expresión de total profesionalidad.

 

—¿Me disculpas un momento? No tengo los datos de las reservas de los próximos meses aquí. Regreso enseguida.

 

La vio andar con elegancia hasta la puerta, con la cabeza muy alta. Sus ojos se quedaron enganchados a la porción de piel de su cuello, un largo y esbelto cuello al que acariciaban los mechones que se habían escapado de su peinado, y se preguntó si sería tan suave como parecía.

 

«¡Joder, Cam, para! —se recriminó—. No eres un crío salido. Concéntrate en lo que has venido a hacer, ¿quieres?».

 

Chascó la lengua con cierto disgusto. No solía tener esos pensamientos con mujeres a las que acababa de conocer, pero tenía que admitir que Lucía Crespo era muy guapa. Verla con ese disfraz había despertado en él… ¿qué? «Las ganas de volver a verla otro día, seguro —se dijo—. Eso para empezar».

 

Tratando de apartar a la mujer unos segundos de su mente, aprovechó para continuar con su escrutinio del lugar. Allá donde mirara se veía el esplendor de lo que tuvo que ser esa casa, conjugado a la perfección con elementos más modernos que no desentonaban en absoluto.

 

En uno de los extremos de la grandiosa sala se encontraba una chimenea, ante la cual habían emplazado, en forma de herradura, tres sofás de estilo chester tapizados en piel marrón, que tenían aspecto de ser muy confortables.

 

El escritorio frente al que se encontraba era de madera oscura y parecía muy antiguo. A su lado había otro idéntico y era evidente que se trataba de un lugar de trabajo habitual, a tenor de las carpetas con documentación que se apilaban con orden sobre su superficie. Tras ellos, un mueble largo de laca china, que brillaba como si lo acabasen de pulir, separaba las mesas de la zona de estar.

 

La puerta volvió a abrirse para dar paso a Lucía, concentrada en las páginas que portaba. La sala y sus enseres dejaron de tener importancia y su mirada se fijó en ella, en cómo avanzaba hasta donde él se encontraba.

 

—Bueno, veamos —dijo mientras se sentaba al otro lado de la mesa, de manera distraída, casi sin percatarse de dónde lo hacía—. Veinte de junio me has dicho, ¿verdad?

 

—Exacto.

 

—¿Y de cuántas habitaciones estaríamos hablando?

 

—Sería alojamiento para cuarenta y cuatro personas, en dormitorios dobles.

 

Ella levantó la cabeza como si la hubiesen pinchado con una aguja.

 

—Perdona, ¿cuántas has dicho? —preguntó, visiblemente sorprendida por la cifra que le había dado.

 

—Cuarenta y cuatro —corroboró.

 

Los enormes ojos de la mujer parecían aún más grandes, abiertos de manera desmesurada.

 

—Son… Son muchas habitaciones.

 

—Lo sé. Y también sé que no lo estamos diciendo con demasiada antelación. Por lo que me han contado, había más destinos en juego, además de Cádiz, así que se han entretenido más de la cuenta este año en la elección. Deben de haber tenido sus más y sus menos. Son tozudos como mulas.

 

—¿Y de qué asociación hablamos?

 

—La Asociación Escocesa de Cazadores de Mitos Antiguos.

 

La vio soltar los papeles que había estado sujetando hasta ese instante y echarse hacia atrás en su silla para dedicarle la enésima sonrisa desde que se presentara, que tuvo el mismo efecto en él que la primera que le prodigó.

 

—Vaya.

 

La habitación se quedó en silencio, roto tan solo por el eco del ruido de la fiesta, que llegaba desde el exterior.

 

—¿La conoces?

 

Ella negó con vehemencia.

 

—No, no. En absoluto. Solo que… bueno, no esperaba que fuera…

 

—Puedes decirlo con tranquilidad. Es rara.

 

—No, no es eso. Iba a decir «escocesa». No imaginaba que fuese extranjera, vamos —se justificó encogiéndose de hombros.

 

—Del mismísimo Edimburgo. Con oficinas en la Royal Mile. Más escocés no se puede ser.

 

¿Qué tenía esa mujer que lo dejaba con la mente en blanco cuando sonreía?, se preguntó en el instante en que fue capaz de desviar la vista unos segundos de ella.

 

Lucía pareció recomponerse de la pregunta revistiéndose de seriedad.

 

—Bueno, no quería ser indiscreta —asintió varias veces—. Pero, regresando a lo que te ha traído hasta aquí, ¿qué es lo que tenéis pensado? Porque sí, tenemos disponibilidad de veinticuatro habitaciones en esa fecha. Aún no tenemos muchas reservas para junio.

 

—Estupendo entonces —contestó con entusiasmo. En ese momento, sacó del bolsillo interior del chaquetón un papel que le entregó—. Ahí está todo lo que les gustaría que se pudiera organizar.

 

La observó leer el documento con atención mientras que, concentrada, se mordisqueaba el labio inferior. Ese simple y espontáneo mohín, totalmente inocente, lo hizo retener el aire en los pulmones.

 

«¡Por el amor de Dios, Cam! ¡No se está desnudando delante de ti!».

 

La imagen que se coló de manera involuntaria en su mente no lo ayudó en absoluto. Trató de domar su pulso inhalando y exhalando con profundas bocanadas, pero sin que ella se diera cuenta de cuánto lo aturdía.

 

Unos segundos después, Lucía asentía, ajena a su efecto en él.

 

—Sí, bien. Veo lo que queréis hacer. Un salón para ponencias, excursiones, pensión completa… No puedo darte ninguna cifra ahora mismo, lo siento. Necesitaré varios días para presentaros el presupuesto.

 

—No, no pretendía que me lo dieras hoy. Suponía que habría que prepararlo, claro.

 

En realidad, él no entendía mucho de organizar un evento, lo suyo era servir copas y cervezas. La idea de tener que regresar para que ella le presentara el programa y los costos con todo lo que la asociación quería llevar a cabo lo alegraba más de lo que debiera.

 

Lucía dobló la hoja y tomó un bolígrafo de un cubilete.

 

—Dame una dirección de correo electrónico a donde poder enviarlo.

 

—Prefiero darte mi teléfono. —Las palabras salieron de su boca sin pasar antes por su cerebro. Enseguida se arrepintió de ello. Se enderezó en su asiento—. Para el presupuesto. Para que podamos discutirlo sobre la marcha. Eso es.

 

—Como prefieras.

 

Con diligencia, anotó los números y guardó el papel en el cajón del escritorio.

 

—Genial, en un par de días espero tenerlo listo. Tres a lo sumo. El lunes es fiesta.

 

Claro, eso lo sabía, recapacitó. Y suponía que a la asociación le daría igual esperar unos días más para saber si recalaban ese año en aquel rincón andaluz o no.

 

Aunque no era lo que deseaba hacer, tenía que marcharse. Su cometido había acabado y él tenía que ir al bar, aunque Josemari ya estaría allí, atendiendo a los primeros clientes. Pero una cosa era lo que tenía que hacer y otra bien distinta, lo que deseaba. Y lo que quería era invitarla a tomar algo y continuar con la charla. O iniciar una nueva. O lo que fuera.

 

Sin embargo, se puso en pie y, de inmediato, ella lo imitó.

 

—Bueno, tengo que marcharme. Has sido muy amable atendiéndome sin tener

 

cita.

 

—No pasa nada. Si te digo la verdad, no podía decir que no a alguien que, nada más inaugurar, dice que quiere organizar un evento con nosotros. Además, una de mis socias me regañaría porque, según su filosofía, eso sería muy perjudicial para la buena marcha del hotel. Seguro que me saldría con algo como que cortaría el flujo de energía positiva desde el arranque.

 

Le gustó su sinceridad y la manera en que lo observaba, de frente y sin tapujos, con aquellos increíbles ojos puestos en él. En realidad, de lo que advertía en ella, le gustaba absolutamente todo.

 

Sin pretenderlo, su mirada regresó al vestido que llevaba puesto e hizo un gesto con la barbilla, señalándolo.

 

—¿Puedo preguntarte algo?

 

—Claro.

 

—¿Por qué el tartán de los Gordon?

 

Ella parpadeó un par de veces. Miró de nuevo a su disfraz y, luego, volvió a alzar la vista.

 

—¿Los Gordon?

 

—El tartán que llevas. Es el del clan Gordon.

 

Los ojos de Lucía se abrieron como platos.

 

—¿En serio? No lo sabía.

 

—En serio.

 

—Solo lo elegí porque es el más parecido que encontré al diseño de nuestras… de mi falda del colegio. Es un homenaje a una profesora. Una larga historia —contestó en retahíla.

 

«¿Cómo le explico que me encantaría poder escucharla sin sonar como un pervertido acosador?».

 

—Claro.

 

—¿Y… cómo es que conoces el tartán de los Gordon? —quiso saber ella.

 

—Bueno, conocí al viejo Gordon cuando yo era aún un renacuajo —explicó con cierta nostalgia al recordar aquel tiempo, ya tan lejano—. Vestía con mucho orgullo los colores de su gente.

 

Ella salió de detrás de la mesa y se apostó frente a él, con los párpados ligeramente entornados y sin dejar de mirarlo.

 

—¿Dijiste que te apellidabas…?

 

—Brodie.

 

—¿Eres escocés? Hablas muy bien español.

 

Asintió con energía.

 

—Lo soy, sí. Del mismo Inverness. Pero llevo viviendo en Cádiz dieciséis años. Creo que ya tengo incluso acento de aquí y todo.

 

—¡Inverness! —exclamó ella.

 

—¿Lo conoces?

 

Lucía negó con energía.

 

—Es uno de mis muchos viajes pendientes. Las Tierras Altas escocesas. Bueno, Escocia en general.

 

Durante unos segundos sintió un ligero pellizco en el estómago al recordar la tierra que lo vio nacer y de la que había salido cuando tenía veintidós años para ya no regresar.

 

—Es un lugar precioso —aseguró con vehemencia.

 

—Lo creo.

 

No sabía por qué, pero sentía que sus pies se lo estaban poniendo difícil para marcharse de allí. A su pesar, dio un par de pasos hacia la puerta y volvió a girarse.

 

—Ha sido un placer conocerte, Lucía.

 

—Te llamaré para discutir ese presupuesto.

 

Él le sonrió sin tapujos y asintió.

 

—Sí, espero que lo hagas. Buenas noches.

 

Dejó atrás la biblioteca y cruzó el patio. Al salir, la fría brisa procedente del mar se coló por el cuello de su chaquetón. Alzándose las solapas, se encaminó hacia el bar con una sonrisa dibujada en los labios que iba a ser difícil de borrar y la imagen de aquella mujer aún en sus retinas.