Ana

A pesar de haber nacido en el seno de un familia de nivel alto de El Puerto de Santa María, Ana Morales no ha tenido una vida fácil.

Desde muy pequeña ha aprendido a resolverse los problemas sola, ya que apenas con once años tuvo que abandonar la seguridad de su hogar para ir a estudiar a un internado en la capital gaditana. Esto forjó su carácter libre e independiente.

Allí creó un vínculo inquebrantable con sus tres mejores amigas —Beatriz, Gabriela y Patricia— y su profesora de Lengua y Literatura, doña Fina, con las que en su día formó el Club de los Tulipanes; un grupo de amantes de la Literatura Romántica creado a imagen y semejanza del de la película El Club de los Poetas Muertos.

Alegre, extrovertida, decidida y, sobre todo,  

muy leal a los suyos, terminará su etapa educativa en el Reino Unido, donde se graduará en Arquitectura y Diseño de Interiores en el Royal College of Art de Londres, tras lo que marchará a Estados Unidos para cursar el doctorado en Diseño de Interiores y un máster.

Con semejante currículo académico no tardará en encontrar trabajo al frente del área de Desarrollo e Innovación en la cadena hotelera Marriots, que la destina de vuelta a Londres. Allí conocerá a su primer amor, Brendan, con quien contraerá matrimonio tras un corto noviazgo en 2015.

Pero Brendan no corresponde a su amor como ella merece y, apenas un año más tarde, lo pilla en la cama con otra. Será entonces, tras un difícil divorcio, cuando se instale definitivamente en Cádiz, abandonando lo que fue su vida y su negocio hasta entonces.  

Desubicada después de tantos años fuera de su ciudad, no le quedará más remedio que refugiarse en su familia y en las amistades de siempre, en especial en la de Beatriz Crespo, su compañera de habitación en el internado.

Y será, precisamente durante un viaje a Roma con Beatriz, donde conozca a Mario, el primer hombre con el que se permitirá ser ella misma después de la traumática experiencia vivida con su ex. No obstante, Mario tiene una característica que le hace salir huyendo; igual que Brendan, es arquitecto y ella se ha jurado a sí misma que no volverá a tener una relación con ningún profesional de esta rama.

Sin embargo, la vida tiene otros proyectos para ella. Doña Fina, su queridísima profesora, ha muerto y la ha nombrado legataria, junto con sus tres amigas, de un enorme palacete en el centro de Cádiz. Pero esta herencia es un caramelo envenenado; tiene un montón de cláusulas y, lo que es peor, incluye

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la obligación de tener que trabajar codo con codo con un arquitecto que no es otro que Mario Guerra; el mismo hombre del que salió huyendo en Roma. 

     

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